Rosa DebordRosa Debord

En un lugar del cosmos, había un planeta limpio y saludable, un paraíso espléndido y perfecto. Se llamaba Tierra y era la maravilla de la Vía Láctea y el más bello del Sistema Solar. Su encanto cautivaba a la Luna y deslumbraba a todos los astros del universo infinito. Se paseaba feliz y tranquilo en su órbita, sin necesidad ni preocupación. No tenía nada que envidiar a Júpiter o Plutón, pues poseía todo para vivir como un rey: riqueza, poder, gloria y hermosura.

Un día, unos seres inteligentes llegaron a su mundo, eran los humanos que iban de paseo por la vida. Tenían la misión de cuidar la Tierra y preservar sus valiosos recursos naturales. El noble planeta les confió sus tesoros y les proveyó la materia prima y los medios de subsistencia necesarios para que su estadía en su biosfera fuera placentera y nada les faltara. Pero ¡oh, sorpresa!, los visitantes no agradecieron los beneficios recibidos y se volvieron en su contra.

¡Qué criaturas tan ingratas!, se repartieron su territorio en pedacitos y se adueñaron de todas sus posesiones. Su ambiente estable, próspero y sano fue perturbado por sus acciones egoístas. Extinguieron gran parte de su flora y fauna; desgastaron su suelo por la tala indiscriminada de árboles y convirtieron zonas boscosas en desiertos estériles. ¡Cielos!, explotaron sus minerales; contaminaron sus mares y ríos con desperdicios y aguas negras; envenenaron su aire puro con químicos potencialmente letales.

¡Pero qué bellacos!, quemaron combustibles fósiles y altos niveles de dióxido de carbono se concentraron en la atmósfera. Los gases contaminantes saturaron de calor el regulador natural que mantenía cálida la temperatura terrestre. El manto protector se perforó y rayos ultravioleta penetraron con toda intensidad a la Tierra, emitiendo radiación solar nociva para la salud de los seres vivos. “¡Ay de mí!”, exclamó el planeta vulnerable, y ahí mismo, ¡boom!, detonaron bombas radioactivas, armas nucleares que liberaron energía altamente destructiva.

Los muy despiadados llegaron a tal grado de irrespeto que mientras las fábricas  y vehículos en mal estado cubrían de humo tóxico su medio natural, los racionales que transitaban calles, parques y caminos agredían y llenaban la Tierra con fundas y botellas plásticas, restos metálicos o cualquier otro desecho. La insolencia y desmesura de sus actos irrumpieron la armonía de su hábitat y pusieron en riesgo la vida de todo ser viviente, ¡diaaañe, qué inconscientes!

¡Oooh, no!, el planeta contempló horrorizado e impotente cómo sus aves y animales marinos morían por ingesta de basura en los océanos y cómo los residuos inorgánicos ahogaban su corteza e impedían el desarrollo de la vida vegetal. ¡Por todos los cielos, qué planeta tan generoso!, en vez de lanzarles a los desgraciados lluvias de granizos o rayos y centellas, continuó dándoles la vida a través de sus bienes materiales.

Sus ángeles guardianes y protectores intentaron concientizar a los insensibles e impusieron sanciones para detener los criminales y hasta crearon el zafacón con la intención de disminuir la contaminación, pero el atropello no se detuvo y el indefenso planeta no soportó más maltrato. Su salud se deterioró, hizo una gravedad y cayó en cama de muerte, parecía que daba su última vuelta.

 Andaaa, mala noticia: el ambientólogo realizó un examen físico al enfermo y el diagnóstico decía: “Humanitis crónica”, una enfermedad degenerativa que corroe las neuronas ambientales; consume los recursos vitales; altera el equilibrio ecológico; debilita las defensas naturales y degrada el sistema inmune del planeta. ¡Ayy, el pobrecito!, de inmediato comenzaron a aparecer los síntomas.

Su ecosistema se tambaleaba, tenía alta la presión atmosférica y por momentos perdía  la razón. ¡Santo cielo!, el planeta se volvió loco y sin idea, ni el meteorólogo podía predecir su estado de ánimo, porque si pronosticaba sequía, entonces llovía. Ardía bajo una ola de calor, y al rato lo envolvía un frente frío y se helaba hasta los polos. Su desequilibrio ambiental dislocó el ciclo de las estaciones y modificó sus características habituales, tardando o anticipando sus periodos. Por lo que no era raro ver inviernos soleados, primaveras frías, veranos cálidos y otoños ardientes.

¡Oh, rayos!, su calentamiento global descongeló los glaciales y las enormes masas de hielo derretido elevaron el nivel del mar. Miles de islas estuvieron en peligro de ser cubiertas por aguas y desaparecer. La fiebre alta le produjo convulsiones, violentas sacudidas de la superficie terrestre y continuos aguaceros e inundaciones. “¿Por qué nos pasa esto y dónde está Dios?”, clamaban los mortales al ser arrasados por repentinas tormentas y tsunamis que destruían todo a su paso. ¡Ah, caramba!, esas fueron las consecuencias desastrosas de todo el daño ocasionado.

A pesar de estar débil y sofocado, el planeta reaccionó a sus ataques y los enfrentó como una fiera. Se descontroló y les pegaba puñetazos geofísicos a diestra y siniestra. Se desató un caos mundial cuando estallaron sus implacables Fenómenos Naturales: tornados y nevadas por allá, huracanes y terremotos por acá… Pero ni así reflexionaban, ni siquiera los enjambres de mosquitos, epidemias o enfermedades detenían a los terrícolas, eran tercos como mulas y no paraban de lastimarlo.

Seca y devastada, Tierra apenas podía estar de pie, le dolía cada región de la geografía. Se abrazaba de sus reservas renovables para resistir la dura de la crisis climática que no era fácil de superar. Y para colmo de males, se agotaban sus elementos naturales y perdía la capacidad para sostener la vida. La sanación del planeta dependía de la piedad, buen juicio y voluntad de los humanos, en sus manos estaba su salvación o completa destrucción.

¡Pobre planeta rico, cómo sufría! Sin ánimo para seguir luchando, se recostó en su espacio triste y muy dolorido. Sus vecinos más cercanos, Marte y Venus, giraban  desconcertados porque el amigo que una vez admiraron, ahora sólo les inspiraba pena y compasión. Se veía tan demacrado que Urano de indiscreto le susurró a Neptuno: “A ese no lo salva ni el médico chino”. Por suerte, el planeta moribundo no escuchó el comentario deprimente y siguió aferrándose a la vida con uñas y dientes.

Su condición era deplorable, pero aun así él no perdió la esperanza ni las ganas de vivir. ¡Jesús!, es verdad que la fe obra milagros, porque cuando estaba a punto de morir explotado, oyó el murmullo y las risas de un ejército de niños que venían a salvarlo. Sacó fuerzas de donde no tenía, se incorporó y gritó con fuerte voz: “¡Siií, conciencia ambiental, mi remedio para mejorar!

Los pequeños héroes fueron educados para amar, respetar y defender al planeta y enseñar a los mayores a proteger su medio ambiente y hacer uso racional de sus recursos. Ellos crecían conscientes del valor de su casa grande, quien era su fuente de vida y único hogar. Con amor y buen trato ayudaron a sanar la naturaleza y le devolvieron su gran sonrisa al amable planeta Tierra.

¡Por fin!, pudo reponer la vitalidad perdida, restaurar su entorno y alcanzar una mejor calidad de vida.

Y aunque todavía no está del todo curado porque la paliza fue descomunal, se recupera de a poquito.

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