José Luis Taveras.

José Luis Taveras.

La República Dominicana ha sido de los primeros quince países del mundo que menos ha aprovechado el crecimiento económico para mejorar los índices de desarrollo humano.

Por José Luis Taveras.

Ya está bueno de jugar a la política; ocupémonos ahora de la verdad. Hablemos francamente: no tenemos futuro. No es un grito neurótico ni una alucinación escatológica: es una conclusión absolutamente racional. Cuando hablo de futuro aludo a un estado de bienestar posible que al menos nos redima de las deformaciones estructurales de siempre que están ahí, inmutables y latentes, degradando las condiciones básicas para que el sistema avance.

El gran “éxito” económico de este medio siglo de democracia política ha sido la estabilidad de los indicadores macroeconómicos: tasa de interés y de cambio, índice de precio al consumo, producto interno bruto, balanza de pagos e indicadores de empleo. Estos conceptos tan ajados forman parte de la cultura económica popular. Son datos cuantitativos que reflejan el estado y la evolución de la economía en un periodo determinado.

Existen estrechas similitudes entre la salud macroeconómica y la cardiovascular. Los índices macroeconómicos son a la economía lo que a la salud humana son los niveles de presión, flujo y resistencia de la circulación. Una inflación, por ejemplo, que es un trastorno en los índices de precios, tiene el mismo efecto que el que ejerce la presión sanguínea sobre las paredes arteriales. Si bien una condición cardiovascular estable constituye una premisa esencial para la salud, los gobiernos solo se han ocupado del cuidado del corazón y las arterias, ignorando los demás órganos y sistemas del cuerpo social.  Todavía hoy se exhibe como un logro extraordinario la estabilidad macroeconómica, cuando la pobreza y la exclusión incuban un ambiente de criminalidad nunca imaginado o, en términos alegóricos, cuando el cáncer avanza su expansión invasiva.

¿Qué ha pasado? Que mal que bien el desempeño cardiovascular de la economía ha sido históricamente óptimo. Hemos mantenido tasas de intereses competitivas, baja inflación y crecimiento económico, aun con niveles altos de colesterol en la balanza de pagos y en el empleo. Este cuadro nos ha permitido un crecimiento económico promedio de un 5.4 % en los últimos quince años. Solo en la última década, la economía dominicana se triplicó, pasando su producto interno bruto nominal de US$ 20,432 millones en el 2003 a US$ 66,575 millones en el 2015.

Cualquiera pensaría, por lógica, que con estos resultados de desempeño cardiovascular la novena economía de América Latina tendría la fuerza necesaria para solventar un bienestar social adecuado, pero no. La República Dominicana ha sido de los primeros quince países del mundo que menos ha aprovechado el crecimiento económico para mejorar los índices de desarrollo humano. Entonces, ¿para quién ha crecido la economía?: para el 20 % de los más ricos que se beneficia del 50 % de la riqueza. ¿Qué han hecho los gobiernos para modificar esa estructura inicua del ingreso? Gastar, robar y… ¡cuidar el corazón!; y ya ni eso, porque los gobiernos recientes han tenido que recurrir al vicioso endeudamiento externo para cubrir los déficits que en las cuentas públicas producen los excesivos gastos corrientes del Estado paternalista. La deuda consolidada del sector público se proyecta para este año en un 49.5 % del PIB.

Hemos desperdiciado tiempo, recursos y voluntad para poder hacer lo que ya no podemos. ¿Qué no podemos? Sostener un sistema de salud digno, crear y operar un plan efectivo de seguridad ciudadana, elevar los niveles de educación básica en un tiempo razonable, garantizar una producción energética suficiente y estable, crear una plataforma productiva autosuficiente y sustentar una red universal de seguridad social. Esas son las verdaderas soluciones que en circunstancias ideales debiera aportar el crecimiento al desarrollo social, pero la distribución del ingreso es tan desigual que ha frustrado ese impacto. Hemos tenido una historia económica de crecimiento y pobreza, condiciones que han corrido de forma paralela y ajena. ¿Dónde están los réditos de ese crecimiento? Probablemente en paraísos fiscales, en la banca privada internacional, en inversiones locales y en la dispendiosa economía de consumo de unos pocos pero grandes bolsillos.

Algunas preguntas: ¿Por cuántas décadas hemos padecido la situación de los hospitales públicos, una policía mal pagada y corrupta o los mismos apagones? Nací con esos problemas. ¿Cuáles avances cualitativos hemos tenido? Probablemente aquellos que se pueden ver y vender políticamente como las construcciones de obras, “inversión” pública que ha generado la mayor movilidad social de la historia para la clase política. Conozco fortunas formadas en veinte años que superan por tres las construidas por cinco generaciones. Empresarios que no llegan a los sesenta años de edad y ya le dan portada a Forbes(aunque no le dan la cara a la DGII) gracias a los esquemas concertados y cerrados de las grandes contrataciones públicas. ¿Puede sostenerse ese modelo? No. ¿Qué se está haciendo? Nada, puro entretenimiento populista.

No quiero politizar mis juicios, pero he escuchado a algunos intelectuales (según nuestros estándares) apoyar la reelección por la estabilidad macroeconómica, las visitas sorpresas, el 911 y el invento esnobista de la República Digital. Si para esa gente “pensante” modificar una Constitución y comprometer el gasto público de forma obscena era tan imperativo porque no había en el país otro genio para acometer esa hazaña, ¿qué les dejamos a los huérfanos de luces? ¡Por Dios!

Lo siento, pero la economía dominicana con esta retorcida y disfuncional estructura nunca podrá generar los medios para crear ni sostener las transformaciones sociales necesarias. Las soluciones siempre serán transitorias, casuísticas, remediales y con deuda pública. La violencia y la inseguridad irán socavando las pocas fuentes de ingresos externos como el turismo y la mano de obra barata. Mientras, seguiremos poniendo parches con reformas fiscales y más préstamos porque con la estabilidad macroeconómica no se negocia. Así las cosas, la buena noticia es que moriremos lentamente, pero no del corazón.

Artículo tomado del prestigioso periódico “Acento

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