Cuestiones religiosas

Cuestiones religiosas

Alfonso Martínez Taboas

Nadie tiene dudas de que las creencias religiosas son importantes para un número cuantioso de personas. Estas influyen en cómo nos entendemos nosotros mismos, a los demás y al universo. Las religiones tienen el potencial de generar armonía, paz, serenidad y gratitud. Pero también tienen la capacidad de fomentar prejuicios, fanatismo, discrimen, estigma y, en el peor de los casos, discursos de odio.

El libro del sociólogo Mark Juergensmeyer, titulado, Terror in the Mind of God, documenta cómo muchas de las guerras más sangrientas y encarnizadas tienen un fundamento religioso. Por lo tanto, la religión posee una dualidad extraña de acercar a los suyos, pero de condenar y excluir a los otros.

Precisamente, un tema que genera mucho conflicto entre las huestes religiosas se relaciona con las personas homosexuales. Dentro de la perspectiva cristiana y musulmán los homosexuales son personas condenadas, que viven en pecado, y cuya moralidad queda en graves dudas. Basándose en un puñado pequeño de oraciones en el Viejo Testamento, muchos cristianos profesan una aversión intensa a las personas homosexuales y a la comunidad LGBT.

Como científico social y humanista que soy, creo que ya es el momento de actualizar los discursos religiosos sobre la homosexualidad. Ya llegó el momento de que nuestros pastores, ministros y sacerdotes liberen a sus feligreses de estos discursos de exclusión y de discrimen.

¿Por qué llegó el momento? Los escritores de la Biblia vivían en un ambiente político-social-cultural muy diferente al que vivimos actualmente. Muchas de sus creencias y reglas ya son obsoletas en culturas con un alto grado de salud social. Por ejemplo, la Biblia ofrece apoyo a ideas como estas: quemar y sacrificar animales para agradar a Dios; aceptar y promover la esclavitud; no tener contacto con mujeres mientras pasan por la menstruación; prohibido trabajar los sábados; condenar de inmediato a adivinos y videntes; ofrecer nuestras hijas vírgenes para aplacar multitudes de hombres; pedir silencio absoluto a las mujeres en el Templo; apedrear de inmediato a mujeres en relaciones sexuales no legítimas; y liquidar y matar todo hombre, mujer, niño y animal de pueblos que no aceptaran a Jehová. Los ejemplos se pueden multiplicar con facilidad.

Agraciadamente, esas conductas ya no juegan un papel sustantivo en las innumerables sociedades donde existen derechos humanos y salud social. A pesar de que tienen una base bíblica, hoy las vemos como excentricidades de personas con costumbres ajenas a como vivimos muchos en Occidente. El resultado ha sido la abolición de la esclavitud; derechos de la mujer; y sociedades más pluralistas y con derechos humanos significativos.

Sin embargo, el tema de la homosexualidad se quedó rezagado. Esas escasas oraciones bíblicas, escritas por personas en un mundo de intolerancia a la diversidad y en donde la espada podía más que la razón, todavía permean en los discursos de muchos de nuestros pastores y sacerdotes.

Llegó, pues, el momento de que los líderes religiosos se den cuenta de que sus discursos de exclusión no añaden nada bueno a nuestra sociedad; en vez, abonan a una sociedad de prejuicios, intolerancia, odio y discrimen. Incluso, estos discursos tienen el potencial de justificar conductas de violencia hacia la comunidad LGBT. A favor de este punto, existe una literatura voluminosa que apunta a que mientras más religiosa es la persona, más prejuicios tiene contra la comunidad LGBT.

Ya llegó, pues, el momento de que nuestros líderes religiosos se unan y esbocen discursos de aceptación, de respeto y de reconciliación hacia la comunidad LGBT. Una sociedad saludable no se puede erigir citando textos escritos hace miles de años por personas que vivían en circunstancias muy disímiles a cómo vivimos ahora. En vez, una sociedad saludable se basa en el amor, la fraternidad y la aceptación de la diversidad.

Nuestros líderes religiosos tienen esa asignatura pendiente con nuestro pueblo. De esta manera estarán contribuyendo con la acción al mundo divino el cual profesan.

Fuente: El Nuevo Día 

 

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