Luis Alfredo Collado

Luis Alfredo Collado

Por Luis Alfredo Collado.-La Sierra, es más o menos un paraíso si la comparamos con otras regiones del país. Nuestra Cordillera Central, es un conjunto de paisajes impresionantes. Aquí la naturaleza nos ha premiado con sus mejores bondades.

Los indios taínos que fueron los primeros habitantes le enseñaron a los europeos, a vivir de forma sencilla, sin malicia y en paz. No tenían ambición y se bañaban mucho, cosas que molestaban a los intrusos españoles. Estos, en cambio, trajeron la maldad y la voracidad de su España inquisidora y colonialista, en poco tiempo exterminaron a los nativos y le quitaron lo que era de ellos.

Después vinieron los franceses del lado haitiano, huyéndole a sus esclavos para que no los lincharan. Luego llegaron los Criollos, que eran los hijos de españoles nacidos en la isla, esta vez para evitar ser alcanzados por las devastaciones de Osorio.

Así que los serranos de hoy somos  descendientes de esclavistas, refugiados y fugitivos. Tal vez por eso es que nuestra gente se cuida de no hacer mucho ruido, habla con temor a que le escuchen. Esa debe ser la razón por la que no hemos tenido ni tenemos líderes políticos, religiosos, sindicales y de ningún otro ámbito que se hayan destacado a nivel local, regional o nacional. En término llano “hablamos para adentro”.

La excepción es Alex Bueno, que desde hace décadas se ha proyectado como una de las principales figuras del arte popular dominicano, y Roque Adames, que en su tiempo de Obispo de Santiago, alcanzó buena notoriedad.

Algunas características nos hacen únicos y especiales. Cuando nos hablan no le miramos a los ojos a nuestro interlocutor, mejor preferimos mirarle la punta de los zapatos.

Somos chivos por naturaleza, nos espantamos hasta de nuestra propia sombra. En una actividad comercial solo un serrano puede engañar a otro serrano, creo que nadie más lo puede lograr.

Cuando nuestras esposas son empleadas, hacemos todo lo que sea posible para hacernos compadres de sus jefes.

Caminamos con un swing extraño que no percibimos. Solo cuando vamos a Santiago, desde que nos alcanzan a ver saben que bajamos de La Sierra.

En otras partes cocinan delicioso, eso no está en discusión. Pero no con el arte que lo hacen las serranas, aquí se le hace honor a que fue el lugar donde se sembraron las primeras cebollas del nuevo mundo. Lograr un exquisito sabor con ingredientes naturales es cosa exclusiva de esta región.

En cálculos y matemática somos insuperables, es difícil que nos igualen. A simple vista vemos un animal por el lado izquierdo y sabemos lo que pesa. Primero se equivocan las balanzas antes que nosotros. El valor en libras, kilos y quintales lo hacemos con precisión visual, sin la necesidad de usar un lápiz y mucho menos una calculadora.

Lo que a un agrimensor le toma un tiempo considerable para medir un terreno, auxiliado de su técnica y los útiles que requiere ese oficio, uno de nuestros “cubicadores” lo hace sin mayores contratiempos con una soga y una vara, casi siempre con resultados exactos.

La nuestra es una capacidad innata que no requiere  de estudios. Cada serrano es un Pitágoras por naturaleza.

Tanto es así, que antes muchos campesinos serranos llegaban a Nueva York, sin ser contables, administradores de empresas, economistas y obviamente no habían ido a la escuela. Empezaban a trabajar en una bodega ganando menos de $250 dólares a la semana y en corto tiempo ya eran accionistas, terminaban comprándola, luego adquirían otras, después un supermercado, más tarde otros y finalmente establecían 10, 15 y hasta 30 de estos negocios, que corren con más éxito que cualquier financista Americano.

Este fenómeno le martilla la cabeza a muchos profesionales de las finanzas y la economía. Ellos no entienden que para hacer algo igual, simplemente hay que ser Serrano.

 

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