Michael Phelps Después de un tratamiento de rehabilitación, el nadador ya no se obsesiona con la suma de su récord total de medallas olímpicas. Aunque luchará por el oro en Río de Janeiro, su travesía más importante ahora es personal.

COLORADO SPRINGS – El guía, entusiasmado, llevó a su huésped de cuarto en cuarto del edificio tipo cuartel, señalando detalles como el árbol de las emociones y haciendo pequeños resúmenes de la gente con la que se encontraban. Parecía conocer a todo el mundo, y todo el mundo contestaba a sus saludos con algún comentario que suscitaba la poderosa risa del guía.

El recorrido terminó en un cuarto de televisión donde el invitado y el guía vieron un partido de los Cardenales de Arizona mientras disfrutaban de unos pasabocas. Durante años el guía, Michael Phelps, y su invitado, Bob Bowman, habían visto partidos de la NFL juntos, pero desde una suite en el M&T Bank Stadium, la casa de los Cuervos de Baltimore, resguardados de las peticiones de autógrafos y de selfis, pero rodeados de “amigos” que alimentaban la fama de Phelps. El viaje de Bowman, su entrenador desde hace tiempo, para ver a Phelps en Meadows, un centro de tratamiento en Wickenburg, Arizona, en el otoño de 2014 fue una revelación: conocer a un hombre despojado de la armadura que lo convirtió en una máquina atlética.

A Bowman le costó trabajo asociar al nadador que usaba audífonos antes del clavado para abstraerse del mundo exterior, esa persona que estaba tan absorta en sí misma que no se sabía los nombres de sus compañeros de equipo en los juegos olímpicos de 2004 y 2008, con la persona parada frente a él ofreciendo pequeñas biografías de los personajes que pasaban.

Decía cosas como: “Ese tipo de allá, es dueño de su propia compañía”, dijo Bowman. “Tenía una pequeña historia sobre todos. Nunca lo había visto así. Lo miré como diciendo: ‘¿Quién eres?’”.

Esta es una de las preguntas que Phelps, de 30 años, quería responder en su rehabilitación, y de algún modo la sigue contestando mientras busca llegar a sus quintos juegos olímpicos consecutivos.

El camino de Phelps para convertirse en el atleta más condecorado en la historia olímpica ha sido traicionero y tan solitario como la inmersión de un buzo en aguas profundas. Los años en los que debió desarrollar su personalidad estuvieron dedicados a desarrollar su talento para nadar.

Parecía un camino bien elegido cuando ganó ocho medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008. Los años que siguieron trajeron más gloria olímpica pero también arrestos por posesión de marihuana y varias relaciones fallidas. A finales del 2014 parecía claro que el camino que Phelps había elegido conducía al fracaso.

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En las olimpiadas de Pekín en 2008, Michael Phelps ganó ocho medallas. CreditChang W. Lee/The New York Times

“No tenía ni idea de qué hacer con el resto de su vida”, dijo Bowman. “Me hizo sentir fatal. Recuerdo que un día le dije: ‘Michael, tienes todo el dinero que cualquier persona de tu edad pueda querer o necesitar; tienes una profunda influencia en el mundo exterior; tienes tiempo libre – y a pesar de eso eres la persona más infeliz que conozco. ¿Qué pasa?’”

Phelps ha pasado el último año y medio en terapia en el centro de rehabilitación Meadows y también en el agua, que empezó siendo su santuario, después de convirtió en una vitrina y ahora es su mejor plataforma. Su mensaje: La vulnerabilidad es una fortaleza.

Una placa en el edificio en el que está la piscina del Centro de Entrenamiento Olímpico de los Estados Unidos aquí en Colorado Springs, en el que Phelps ha pasado varias semanas de la primavera, lo anuncia como el atleta olímpico más exitoso al poseer 14 medallas, como si su historia terminara en las olimpiadas de 2008. Sin embargo, ganó otras seis medallas, incluidas 4 de oro en los Juegos de 2012 en Londres, pero de alguna manera su historia –por lo menos la que vale la pena– terminó en Pekín.

Pero esta vez el viaje es más personal. Dijo también que quería retirarse de la natación sin remordimientos tras su mal entrenamiento y peor comportamiento antes y después de la experiencia olímpica de 2012. “Esta vez se trata de dar lo mejor que puedo”, dijo. “No quiero vivir el resto de mi vida con arrepentimientos”.

El camino a Río de Janeiro empezó con una estancia de seis semanas en el centro de tratamiento que está a una hora de donde estuvo entrenando el último año bajo la batuta de Bowman, quien fue nombrado entrenador de natación de la Universidad de Arizona en 2015. Bowman no quería que Phelps entrara a Meadows después de su segundo arresto por posesión de drogas, ocurrido en septiembre de 2014 (el primero fue cuando tenía 19 años). “Yo pensé que iría a algún lugar en Malibú a sentarse en la playa durante seis semanas y regresar igual que se había ido”.

Después, lo vio interactuar con sus compañeros pacientes en la cuarta semana de estancia y descubrió al joven cariñoso y amable que recordaba antes de que se convirtiera en una máquina de alto rendimiento.

En la cafetería del Olympic Training Center el pasado abril, Bowman se emocionó cuando dijo: “Nunca pensé que pudiera cambiar”, y añadió: “Ha escondido todo lo que lo hace humano durante 12 años. La rehabilitación lo hizo abrirse”.

Tocando fondo

El punto más bajo de Phelps llegó hace dos años, el último lunes de septiembre. En su camino de regreso desde el Horseshoe Casino de Baltimore, tras una noche de tragos y jugar póker, Phelps llamó a su novia, Nicole Johnson. Después de una separación de dos años, se habían reconciliado recientemente gracias a una llamada de Phelps en la que dejó al descubierto su alma.

Eran más de la una de la mañana en la costa este y Johnson, que estaba en la costa oeste, le preguntó a Phelps si estaba seguro de estar en condiciones de manejar hasta casa. Había pasado el principio del fin de semana con ella en California en una boda y había regresado a Baltimore menos de 24 horas antes.

Ella dijo que estaba preocupada por la fatiga tras un fin de semana frenético que, combinado con su largo viaje, podían agravar los efectos del alcohol en su sistema.

Unos minutos después, recibió un mensaje de texto de Phelps, quien estaba detenido en un semáforo. “Hay una patrulla detrás de mí”, dijo. Pasó una hora hasta su siguiente comunicación, desde la cárcel.

Su Range Rover había sido captada por la policía circulando a 84 millas por hora en una zona de 45, zigzagueando. De acuerdo con un reporte en el Baltimore Sun, no pasó dos pruebas de sobriedad y una prueba de alcoholemia marcó su nivel de alcohol en la sangre en 0.14, 0.06 puntos más que el límite permitido.

Las siguientes 72 horas, Phelps se encerró en su casa y se negó a ver o hablar con nadie. En un momento le mandó un mensaje de texto a su agente, Peter Carlisle, quien dijo que le escribió: “Ya no quiero estar vivo”.

La máquina estaba irremediablemente dañada.

Tomó el consejo de su círculo más cercano y se fue a Meadows. “Tenía mucho miedo al entrar”, dijo Phelps. “No estaba listo para ser vulnerable. Después de un par de días me dije a mí mismo: la pared se derrumbó. Entremos ahí y veamos qué está pasando”.

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Michael Phelps en en Centro de Entrenamiento Olímpico. “Esta vez se trata de dar lo mejor que puedo”, dijo. “No quiero vivir el resto de mi vida con arrepentimientos”. dice. CreditBenjamin Rasmussen para The New York Times

Un descubrimiento

En su segunda semana de rehabilitación el círculo de hombres al que él pertenecía le otorgó el bastón saguaro, un símbolo de poder que circula cada semana entre los pacientes a los que se les atribuyen cualidades de liderazgo.

Phelps dijo que estaba más orgulloso de eso que de cualquiera de sus medallas olímpicas.

Empezó a leer a leer algunos libros y a veces incluso leía en voz alta en sus sesiones de grupo, y ello se ha convertido en un hábito. Un día, casualmente le dijo a Bowman que estaba leyendo El hombre en busca de sentido, de Víktor E. Frankl, un sobreviviente del holocausto que se convirtió en psiquiatra. Bowman se sorprendió pues dijo que sólo había visto a Phelps leer revistas. Mientras las eliminatorias para los juegos olímpicos se acercaban, Phelps pidió El poder de la mente subconsciente, de Joseph Murphy, y Vivir la vida con sentido, de Rick Warren.

Parafraseando a Warren ¿para qué demonios está Phelps en esta tierra? Para empezar, dijo, para ser el alma gemela de Johnson y ser padre de su hijo. ¿Para tener más medallas olímpicas que nadie? Contestó que eso ya no era la razón principal de su vida.

En su segunda semana de tratamiento, Phelps descubrió un segundo aire. Un día durante la comida era el parlanchín energético de siempre. Después de hacer ejercicio durante un par de horas para liberar su energía, se vio a sí mismo: “Tenía miedo de mostrar quién era”, dijo, “así que me inventé todos esos personajes”.

Phelps dijo: “Dios mío, ¿pensarán todas estas personas que soy insoportable? ¿No quieren estar alrededor de mí? Después pensé: ¿Qué me importa? ¿Si hablo demasiado, si me río demasiado fuerte o si soy hiperactivo a veces o soy un verdadero dolor de cabeza, qué es lo que verdaderamente importa? “Entonces descubrí que no valía la pena tratar de ser alguien que no soy. Esto es lo que soy”.

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