Iglesia San José, San José de Las Matas (Foto. Osiris Rodríguez)

Iglesia San José, San José de Las Matas (Foto. Osiris Rodríguez)

El término profeta proviene del vocablo hebreo. nâbî, que se traduce “llamado por Dios” o “quien tiene una vocación de Dios”; es el término que se usa con mayor frecuencia. El profeta en su primera acepción es el vocero de Dios, alguien que recibía instrucciones de Dios para ser dadas a su pueblo, no hablaba por iniciativa propia, sino que su discurso, su mensaje emanaba de lo que Dios le hablaba. En este sentido, el profeta no es uno que adivina el futuro sino que uno que lleva palabra de Dios al pueblo y con ella demanda obediencia porque trae al pueblo del Señor la palabra viva y exigente de un Dios de amor, vida y justicia. Y si no predice nada futuro, no por eso es menos profeta. La fuerza esencial de la palabra profética estriba en su fuerza ética, no en alguna especie de clarividencia mágica desconectada de la soberanía de Dios y su voluntad.

La misión profética de la Iglesia Cristiana, tiene su antecedente en la labor que realizaron los profetas del Antiguo Testamento (A. T) dentro del pueblo judío. Bajo este marco de referencia, el pueblo de Dios, está llamado a realizar la misma labor que realizaron los profetas, es decir, denunciar la desobediencia por parte del pueblo y de los que están en eminencia a los mandatos y leyes de Dios y en consecuencia anunciar el juicio que Dios traería de no acatarse sus prerrogativas. El énfasis de la profecía esta dado con base a las promesas de Dios y su cumplimiento, no en predicciones que anuncian hechos futuros que parecen más bien de ciencia ficción y no tienen nada que ver con la ética y la obediencia que deben observar a quienes se le profetiza.
En ese sentido, Douglas Stuart señala que cuando los profetas anunciaban el futuro, “era usualmente el futuro inmediato de Israel, Judá y otras naciones vecinas; no nuestro futuro. Afirma además que “Menos del 2 por ciento de las profecías del Antiguo Testamento son mesiánicas; menos del 5 por ciento describen específicamente la edad del Nuevo Pacto y menos de uno por ciento se refieren a sucesos que todavía están por ocurrir.
La Iglesia está fundada, edificada sobre los apóstoles del Nuevo Testamento (N.T) y profetas (A.T), siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo (Efesios 2:20). No nace por accidente, tiene sus raíces en el pueblo de Israel y todo que se enseña y se dice en el (A. T) es revelación de Dios para la Iglesia. Es por eso que podemos declarar que el ejemplo de los profetas que encontramos en todo el A. T. por medio de los cuales Dios hablaba al pueblo nos sirve de base para articular nuestra fe, porque es palabra de Dios.
La Misión de la Iglesia tiene un carácter específico: es profética. Se trata de un adjetivo que ha de aplicarse a toda la misión, a todo el testimonio. Lo de testimonio es el nombre de la misión. Lo de profético es el adjetivo, es nuestra respuesta humana a la comisión divina. Es un estilo de vida cristiano integral, que comprende la evangelización y la responsabilidad social, y está dirigida por la convicción de que Cristo nos envía a salir al mundo como el Padre lo envió a él, esta es la visión del Apóstol Juan expresada el cap. 20:23 de su evangelio, con esto nos quiere decir que su Iglesia tiene el llamado de ser como Él, tiene que identificarse. En la visión Joanina se nos expresa que: “Como el Padre me envió, así Yo os envío” ante ese mandato, solo nos queda vivir y servir, sufrir y morir como él.

Por Pablo Vicioso / Hoy Digital

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