Profesora Rosa Debord

Profesora Rosa Debord

Cuentan que en las Antillas Mayores había una isla muy bonita habitada por los taínos, un pueblo indígena procedente de américa del sur. Era el tiempo de colonización y grandes conquistas, así que, ningún lugar era seguro para los nativos, pues las grandes potencias europeas estaban al acecho sedientas de tierra, fama y riqueza.

El marino genovés Cristóbal Colón era valiente, terco y soñador. Con su astucia y carisma logró convencer a la reina de España de las ventajas de patrocinar su viaje hacia el oriente en busca de nuevas tierras. Ah, pero la reina no tenía ni un pelo de tonta, él debía entregar el tesoro encontrado a su majestad.

Trato hecho, salió del Puerto de Palos de Moguer, el 12 de octubre de 1492 con tres embarcaciones, hombres y provisiones necesarias. Su sueño pronto se hizo realidad cuando un marinero de La Pinta empezó a gritar como loco: tierra, tierra, tierraÖ Y el alboroto no era para menos, llegaron a una isla llana y grande de inmensa vegetación y aguas abundantes.

 ¡Oh, pero que sorpresa!, había gente. Y Con cara de asombro, tímidamente los naturales fueron saliendo del follaje como Dios los trajo al mundo. Ellos llamaban a su territorio Guanahaní, pero a Colon no le gustó ese nombre y sin consultar a nadie le puso, San Salvador, parece que pensó: ¡Qué sabe la tribu o el cacique!, ahora nosotros somos los dueños.

El joven aventurero estaba como perdiendo la cordura, eso no fue lo que le enseñó su padre, don  Doménico Colombo, tejedor de lana, hombre de trabajo que mantenía su familia con el sudor de su frente.

Pero el gran navegante era muy ambicioso y no se conformaría con una sola isla. Siguió explorando las aguas del caribe deseoso de  toparse con otra riqueza natural.

Qué hombre tan dichoso, el 5 de diciembre de 1492, Rodrigo de Triana, gritó: ¡Tierra!, y no era cualquier tierra, se salvaron, habían llegado al lugar más rico y bello de la región. Pero al arribar a la costa, de nuevo  no descubrieron NADA porque la hermosa isla de nombre BABEQUE ya estaba habitada, otros llegaron primero. Y mientras los intrusos  contemplaban maravillados el hermoso paraíso tropical, la emoción los embargaba y sus ojos brillaban como gatos por la noche. En cambio, los humildes habitantes  pensaban  que los hombres blancos eran dioses bajados del cielo, seres sobrenaturales.

¡Virgen Santa!, dijeron los españoles: indios inocentes y recursos abundantes, la suerte está de nuestro lado.

¡Cielos, qué horror!, tenían toda la razón, ese era el escenario ideal para adueñarse de la isla e imponer su dominio y voluntad.

Los hijos del sol, como les llamaban los taínos, no perdieron tiempo e iniciaron de inmediato la difícil tarea de CIVILIZAR: les enseñaban a rezar para luego matarlos y esclavizarlos; a negociar, intercambiando espejitos por oro; a trabajar, pero tan duro y pesado que morían del maltrato y la fatiga.  Fue así como desapareció su cultura, costumbres, lengua, religión… cuando la insaciable codicia y arrogancia acabaron con la noble raza.

Masacrados en su propia casa, los tainos arawacos fueron extinguidos por completo. Y Babeque, la tierra encantada perdió parte de su esencia y pureza; vio saquear su dignidad y desaparecer su mayor riqueza, su valiosa gente.

Quizás también te interese: 12 de octubre, ¿celebrar o reflexionar?

Digiprove sealThis article has been Digiproved

Deja un comentario