Michelle Obama

Michelle Obama

Cuatro cartas de agradecimiento para la primera dama de Estados Unidos, quien durante los últimos ocho años se dedicó, en silencio y con estoicismo y elegancia, a cambiar el rumbo de la historia del país.

Por Chimamanda Ngozi Adichie

Tenía ritmo, fluidez y cadencia; sus manos surcaban el aire mientras equilibraba todo el peso de su cuerpo sobre un pie y después sobre el otro; un hermoso ritmo. Si no hubiera sido un cuerpo afroestadounidense, el movimiento habría parecido forzado. Las mangas tres cuartos de su vestido azul daban el toque de elegancia, al igual que el prendedor a juego. Pero el corte del vestido expresaba desdén hacia la acostumbrada rigidez de una “futura primera dama”; caía con suavidad sobre su cuerpo, sin esfuerzo alguno, como su energía. El prendedor que llevaba en el centro del pecho era un accesorio tradicional, sí, pero era grande y con una forma alegre. Michelle Obama hablaba. Era la Convención Nacional Demócrata de 2008. Mi ansiedad crecía y se arremolinaba en mi cuerpo mientras observaba, deseando con todas mis fuerzas que fuera lo más perfecta posible, no por mí, pues yo ya estaba convencida, sino por esos sectores de Estados Unidos que deseaban verla fallar.

Aparecía por primera vez en la conciencia colectiva del público, con sentido común y un sentido del humor mordaz, segura de sí misma. Tenía el aire de una mujer que podía llevar una chequera, que podía reconocer un buen negocio y que sería capaz de reprender a quien hiciera falta. Era alta, segura y elegante. Se mostraba renuente a ser la primera dama, y no trató de ocultar esa renuencia con frases de cajón. Parecía mucho más honesta que única. Aportó a la definición de la silueta de su esposo, que en ese momento era borrosa, y le dio solidez, pues hizo que fuera algo más real, palpable.

Pero tuvo que perder dimensiones para adaptarse al molde de primera dama. En el despacho de abogados donde se conocieron antes de enamorarse, fue mentora de su esposo; parecía que eran verdaderos amigos y compañeros, se trataban como iguales y tenían un matrimonio moderno en los Estados Unidos del nuevo siglo. No obstante, tanto electores como observadores, amplios sectores de Estados Unidos, querían que se ajustara y conformara, que eliminara de su hablar rastros de su ingenio y sagacidad. Cuando mencionó el mal aliento matutino de su esposo, un detalle curioso que lo humanizaba, se le acusó de humillarlo.

Por decir lo que pensaba y sonreír únicamente cuando lo sentía, en vez de hacerlo constantemente como una muñeca, la identificaron con la caricatura más vulgar de Estados Unidos: la mujer negra furiosa. En general, no se tolera que las mujeres se enfaden, y si se trata de mujeres estadounidenses negras, con mayor razón se espera solamente agradecimiento eterno, y entre más servil mejor, como si su ciudadanía fuera un fenómeno que no pueden dar por hecho.

“Amo a este país”, afirmó entre aplausos. Tenía que decirlo para calmar los humos de quienes la tildaban de antipatriótica porque se había atrevido a sugerir que, en su vida adulta, no siempre se había sentido orgullosa de su país.

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Fuente: The New York Times 

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