Lincoln López

Lincoln López

En la anterior entrega de Cultura Viva titulé como cuento una crónica de Gabriel García Márquez, porque así me aparece en la edición que poseo fechada en 1980, pero considero que el mismo no es cuento sino crónica literaria por lo que argumento más adelante.

Gabriel García Márquez, afirmó en una ocasión: “La crónica es un cuento que es verdad”. Una definición sencilla enunciada por un maestro de la literatura mundial, quien, además, conoció profundamente la crónica cuando trabajó como periodista en  revistas, agencias de noticias y diarios como El Universal de Cartagena (Colombia) bajo el título de Punto y Aparte (1948). Su talento, creatividad y perseverancia lo catapultaron como una de las figuras fundamentales de la literatura mundial y Premio Nobel de Literatura en 1982.

Por tanto, de esa definición se puede colegir lo siguiente: si el cuento constituye un género literario, entonces la crónica también lo es. Es decir, ambos pertenecen a la creación literaria, la diferencia radica en la clasificación del género, o sea, obras de ficción y de no ficción. Las historias creadas o inventadas por el artista y las que son verídicas. A las primeras pertenecen la novela, el cuento…a las segundas pertenecen la Memoria, la Autobiografía, el Ensayo, Blog y la Crónica.

Hecha esta aclaración, paso a reproducir la segunda parte de la crónica literaria de no ficción de García Márquez, que dice:

“La mitificación empezó con la costumbre de que los juguetes no los trajeran los Reyes Magos –como sucede en España con toda razón-, sino el niño Dios. Los niños nos acostábamos más temprano para que los regalos llegaran pronto, y éramos felices oyendo las mentiras poéticas de los adultos. Sin embargo, yo no tenía más de cinco años cuando alguien en mi casa decidió que ya era tiempo de revelarme la verdad. Fue una desilusión no sólo porque yo creía de veras que era el niño Dios quien traía los juguetes, sino también porque hubiera querido seguir creyéndolo. Además, por pura lógica de adulto, pensé entonces que también los otros misterios católicos eran inventados por los padres para entretener a los niños, y me quedé en el limbo”.

“Aquel día –como decían los maestros jesuitas en la escuela primaria- perdía la inocencia, pues descubrí  que tampoco a los niños los traían las cigüeñas de París, que es algo que todavía me gustaría seguir creyendo para pensar más en el amor y menos en la píldora.

“Todo aquello cambió en los últimos treinta años, mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papá Noel de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad de nieve”.  (Continuará).

El lector observará en ambos fragmentos que se trata de una historia verídica, naturalmente en el contexto de la época, lugar y hechos experimentados por el autor; pero que fueron similares en toda América Latina, dirigidos fundamentalmente por Estados Unidos en su política “de invasión cultural y consumismo”.

Fuente:  La Información

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