Edwin Paniagua

Por: Edwin Paniagua.
​De acuerdo con varios diccionarios etimológicos (del origen y evolución de las palabras), el término feliz proviene del latín felix, felicis `fértil, fecundo, feliz´. En general, se entendía que era una persona (incluso un árbol) colmado de bienes, fecundo. De ahí que la felicidad, como dice un amigo, se define en la misma palabra: “feliz si da”. Ningún árbol se llena de frutos para sí mismo. No hay seno materno que rebose alimento para sí mismo, sino para el bebé. Dicho de otra manera, los dones, talentos o capacidades que tenemos no son para nosotros solamente: están destinados al servicio.
​En este sentido, cobra especial importancia la parábola de los talentos (Mt. 25, 14-30), según la cual, un señor repartió cinco y dos talentos a sus trabajadores, y uno, a un tercero. Destaca el Evangelio que se marchó, se ausentó. Los dos primeros pusieron a producir sus talentos y los duplicaron. El tercero lo enterró para conservarlo. Al regresar, el señor valoró positivamente la actitud de los dos primeros y les comunicó que como habían sido fieles en lo poco, los pondría al frente de lo mucho. Al tercer, sin embargo, lo reprendió y lo expulsó de la hacienda porque él, temeroso, enterró el talento, lo guardó, y le devolvió lo mismo que había recibido.

Esta anécdota mantiene su vigencia: quien pone a producir sus talentos, alcanza la felicidad; en cambio, quien los guarda para sí, sufre lo contrario. Poner nuestros dones al servicio de Dios, es como en la parábola, ponerlos al servicio de los demás. Ahora vivimos en la Era de la selfi: una foto mía, tomada por mí, para colocarla en mi muro en Facebook y que le den “me gusta” (para mí). Antes, el placer consistía en tomarle la foto a otro para entregársela como un regalo.
En la misma acción, antes poníamos nuestra capacidad al servicio de los demás. En algo tan simple como tomar una foto. Ahora queremos que nuestros hijos lo aprendan todo: tecnología, varios idiomas, múltiples etapas de formación académica, que no les falte nada… Y todo lo anterior está muy bien. Lo que debemos tomar en cuenta, es que siempre les faltará algo: la relación con los demás. La autosuficiencia no es una opción. La depresión ha sido considerada la enfermedad del siglo. Es lógico. Al margen de su componente neurológico, su distorsión psicológica de contemplarnos a nosotros mismos, termina favoreciéndola. Reiteramos, el árbol no da fruto para sí mismo, por eso es feliz.

El autor es profesor universitario.

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