Luis Alfredo Collado

Por Luis Alfredo Collado.- Leonel Fernández, es el político de mayor relevancia en la República Dominicana, ocupa un lugar donde no tiene competencia. El ex presidente Hipólito Mejía, el actual mandatario Danilo Medina y el resto de los aspirantes a la presidencia están muy por debajo de Fernández en lo que respecta a formación y proyección.

Sus páginas para la izquierda y la fluidez de su oratoria lo sobreponen con mucha ventaja ante cualquiera del  gremio, además de la visión que tuvo para formar la Fundación Global, que es una plataforma monstruosa para cualquier isleño.

Pero hay algo que desde hace algún tiempo no le deja conectar plenamente con la mayor comunidad de dominicanos fuera de su país y donde también vivió parte de su juventud.

Nueva York debe hacerle sentir mareos, aquí su presencia es complicada, cuando se anuncia que estará en algún lugar, aparece alguien que le echa una mosca a la leche y le vocea “piropos invertidos”, con ruidos que atropellan el brillo de sus eventos.

El maleficio empezó frente al restaurant South Beach cuando una señora le gritó ladrón, a todo pulmón, a quemarropa y sin anestesia. Fueron patéticas las imágenes cuando se veía al influyente político salir por la puerta de atrás que usan para sacar los desperdicios. Desde ese episodio, el anti-leonelismo, se ha convertido en una ola expansiva que ha tenido réplicas similares en otros lugares, incluso dentro y fuera de Estados Unidos.

El tres veces presidente de la república, abogado, prolífico intelectual, catedrático, escritor, presidente del Partido de la Liberación Dominicana, orador preclaro, políglota, mediador en conflictos internacionales, observador principalísimo en procesos electorales de Latinoamérica,  y encantador de multitudes. No debiera aparecer de forma escurridiza y sigilosa, en ésta que es también su Gran Manzana.

En una ocasión había un encuentro programado para realizarse en el restaurant 809, esa vez se activaron los sensores de sus opositores para armarle la de “Belén y los Pastores”, pero la seguridad y los organizadores fueron alertados a tiempo y la decisión final casi obligada fue cambiar de lugar, lo llevaron a un hotel de New Jersey, donde el tráfico peatonal es casi nulo, esto se hizo con tanto cuidado que sus verdugos no se enteraron del cambio y el encuentro se efectuó en absoluta tranquilidad.

Hace sólo unos días estuvo en The Union League Club, allí fue necesario que llegara casi dos horas antes de presentar su libro “Democracia, Modernidad y Progreso”, para evitar el perturbador coro que le habían preparado desde el otro lado de la calle.

Pero esta vez como si se tratara de un acto de venganza contra los  manifestantes, los sentenció con la frase lapidaria “afuera están, y afuera se quedarán”.

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