IMAGEN POR MATALOBOS / LAVOZDEGALICIA.ES

Bien pudieran ser el paradigma de esta vieja España que, desde la definitiva congelación histórica de su mapa político por los Católicos Reyes, mantienen las tristes dos Españas que tantas lágrimas y sangre derramaron y derraman. Mío Cid -polvo, sudor y hierro El Cid cabalga- según el afortunado verso de Manuel Machado, no es una leyenda sino un hombre de carne y hueso que por escudo portaba el honor y el filo de su espada. Caballero de Burgos, tuvo el coraje de desobedecer al rey Alfonso cuando le propuso el dilema eterno de elegir entre conciencia y deber.

Entre honra y órdenes, entre juramento y falso testimonio. Mío Cid vivía en el mundo real y eligió la conciencia, la honra y el juramento cumplido. Le costó persecución y destierro, deshonor y proscripción, humillación y calumnia. Esa es una España. La hemos vivido mil veces, la hemos tocado con nuestras manos en la justa reivindicación de la verdad que anuncia que esta tierra hoy, no es sino un estado formado por naciones a las que se pinta como autonomías en el más estrafalario invento político del siglo XX. A aquel que defienda públicamente que Galicia es una nación -aún cuando no quiera separarse del estado español- se le vilipendia, difama o se le tiene por un loco extravagante al que más le valdría acudir a un psiquiatra que regule y repare sus funciones neuronales. Todo ello entre el jolgorio y las descalificaciones de la España oficial formada generalmente por una desmedida y vociferante turba de ignorantes, incultos y avispados represores disfrazados de demócratas de toda la vida.

No hay más que ver cómo, estos días, cultivan las políticas del miedo anunciando que «si ganan, os quitarán las pensiones, quemarán las iglesias y practicarán la eutanasia masiva al día siguiente de vuestra jubilación». El Mío Cid que llevamos dentro, todavía se rebela contra el poder establecido por una injusta ley electoral y tantas y tantas cosas que, frecuentemente, nos piden a gritos que seamos coherentes y emprendamos el camino del destierro. Otra cosa es don Quijote, el Ingenioso Hidalgo, que ayuno por falta de dineros, para que sus vecinos creyeran que había comido y vivía en la abundancia, engarzaba en su perilla unas miguitas de pan testigos de su almuerzo.

Don Quijote no era real. Era un sueño de libertad. El deseo innato de vivir en la verdad que Miguel de Cervantes hizo visible para todos aquellos que no conseguíamos separar la pesadilla y el terror de la aventura de vivir en la certeza de los derechos humanos. Don Quijote se pasó la vida desenmascarando a los que ejercían el poder para enseñarnos el camino a las generaciones futuras. Para las gentes, al contrario que Mío Cid, se convirtió en un loco al que todos podían dar una paliza, ridiculizar o usarlo como divertimento del pueblo envenenado por la ignorancia que venía de lo alto. Todavía hoy Don Quijote cabalga entre nosotros y todavía hoy, es objeto de mofa y cualquiera se cree con derecho a descabalgarle y desnudarle en la plaza pública.

La osadía de nuestros gobernantes no tiene límites pero estoy convencido de que Don Quijote y Mío Cid, cada cual según su evangelio, terminarán por vencer en la batalla final. Y esa será nuestra victoria, aunque ya hayamos muerto.

Fuente: Lavozdegalicia.es

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