Andrés L. Mateo

(Artículo  publicado originalmente el 1 de febrero de 2012).

El otro Duarte
Por: Andrés L. Mateo
La proceridad de Juan Pablo Duarte se ha levantado sobre un universo de sentidos tan precariamente asociado a una gesta, que su figura queda como suspendida, flotando en la incertidumbre de no saber con certeza por qué sobre esas pinceladas tan débiles de heroicidad se edifica un edificio tan sólido como el de la identidad dominicana. Por eso, con tan solo invocar el nombre del patricio se entra en una teoría de la dominicanidad. Nada más y esbozar su imagen y de inmediato iniciamos una peregrinación que nos arroja sobre la consiguiente resignación apática respecto del sacrificio y la vida consagrada de su símbolo. No hay en el continente un héroe como él, cuya debilidad es su fuerza, cuya prístina visión de lo que seríamos nunca se doblegó. Y eso que nuestra accidentada historia cuenta con tantos prohombres que alguna vez dudaron.

¿Por qué es sobre las grises viñetas de la vida de este hombre que se levanta la patria? ¿Quiénes tejieron el esfumato humano que describe su cólera?

¿Allí, donde el martirio sustituye al acto, el azar al destino, los lúgubres graznidos del desconsuelo al entusiasmo alborozado de soñar un país, no había, acaso, un hombre condolido, un ser humano concreto, descojonado sobre el dolor?

Para los hombres de mi generación, Juan Pablo Duarte es un lampo, y debió haber sido un trueno. Es un quejido y debió haber sido un portazo estentóreo. Es casi una lágrima, y debió haber sido una llama.

El Duarte de nuestras travesías ha sido etéreo, confesional y marcado por la tragedia. Casi sin epopeya, se sostiene de un soplo. En los primeros años de mi acercamiento personal a su figura, dos libros eran los referentes obligatorios para estudiar su vida: El Cristo de la libertad, de Joaquín Balaguer, y Episodios duartianos, de Pedro Troncoso Sánchez. En ambos libros Duarte se emparienta con la divinidad, y no responde a la condición humana, rebrillando su martirologio sin condescender a las dimensiones del hombre y la mujer humanamente situados en el escenario de la historia.

En El Cristo de la libertad, la metáfora crucifica al sujeto histórico. En la cultura judeo cristiana, Cristo es siempre un significante que remite a otro significante. Su invocación es la recuperación de un martirologio que le era predestinado. Su drama estaba ahí, marcado en el designio sagrado y le era personalmente infranqueable. El Duarte que enarbola la metáfora de Cristo está cogido en los engranajes de un designio, del cual le será imposible escapar. No es un drama histórico lo que vive, son lanzazos de un martirio divino que le era preexistente los que rodean su existencia. Y él los padece a las mil maravillas, con poses frías, resignado, sin apostrofar a la historia misma que lo desgarra.

Los Episodios duartianos, de Troncoso Sánchez, equivalen a las estaciones de las caídas de Cristo, y el personaje se trenza a un desenlace preconcebido. La historia no es allí un escenario de confrontación, sino la escenografía de un martirio. Aquel jovencito angélico, que tiembla de ira con sus puñitos rosados cerrados con fuerza cuando le dicen haitiano en el barco que lo conduce a Europa, es una estampa celeste, y no la arboladura de un futuro conspirador. Su pasión no es la impotencia que teje el desconsuelo de la ausencia de libertad, sino la carga lastimera de una vida particularmente empinada sobre la desgracia.

Duarte es más el fulgor de una idea que la ausencia de un acto. El cemento con el cual se une nuestra aventura espiritual es la idea tensada de la viabilidad de la Nación Dominicana, que bajo ninguna circunstancia flaqueó en su espíritu. Santana, en cambio, es la acción pura por la vertebración de un ideal, que entrega rendido unos años después. Duarte jamás titubeó con respecto de nuestro destino como Nación.

Hay otro Duarte que quizás hoy nos sea necesario. Un Duarte que se nos ha escamoteado. Un Duarte de carne y hueso. Que se sacuda el polvo del pantalón y diga: ¡coño nos han engañado! Un Duarte maldiciente, humanamente colocado en la historia.

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