Por Fernando A. De León.- Más que dar señales de progreso, en la República Dominicana se renuevan odios y rencores. Hoy, hasta el dominicano más cerril toleraría el que se le maldiga y recuerde a su madre durante cualquier acalorada discusión; pero si se le dice que tiene ascendencia o parece un haitiano, de seguro, se convertirá en un adversario de cuidado. 

El llamarle haitiano a cualquier dominicano, más que estigma es una ofensa muy grave. El asunto es un tanto paradójico porque parecería que, tanto el que ofende como el ofendido deslabonaran un segmento de la población. Se pretende desconocer que estamos enclavados en una sincrética nación afro-caribeña. 

Están tan empeñados en discriminar, que no demandan de una justa política fronteriza que   impida una invasión pacífica. En esa necedad, obvian lo intrincado de nuestra mezcla genealógica, es decir, nuestras raíces. Es harto conocido el oír a gente mulata y negra discriminar contra otros, como si estuvieran distantes de sus orígenes. 

En 1999, del 18 al 25 de enero, el reputado y acreditado historiador Frank Moya Pons, publicó en la revisa Rumbo una serie de artículos en el que trata el tema sobre lo haitiano en nuestros apellidos “dominicanos”, fruto de cuando campesinos y funcionarios de la administración de Boyer, en la Española, se relacionaron íntimamente con nuestras mujeres. 

Entre otros, están los abolengos de los Despradel, originalmente era Des praderes; Bisonó, Nanita, que antes se pronunciaba Nanette; Montaño que era Montaigne. Montás y Coiscou, en sus orígenes Coicu; Dotel, que viene de D’ Hotel. Bazil, que se correspondía con el Bazile; Saladín, Holguín, Cepín, y Pepín. Pero en esta prolongada lista, entre otros, está el Lachapelle, Cadet, Nina, Leger, Corniel, Ogando, Beltré, Baret, Diloné, Aquino, Arnaud, Lebrón, antes Lebrun; Gratereau, Corporán, Moquete, Frómeta…

El autor es periodista, miembro del CDP en Nueva York, donde reside.

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