Cleren (AP Photo/Dieu Nalio Chery)

Se trata de una narrativa sobre un episodio ocurrido en la Era de Trujillo.

Tomó un primer trago de la botella y mientras lo invadía el calorcito, dejó atrás sus aprehensiones. El clerén no era lo que decían, sino un aguardiente, con el sabor y el olor de la caña, como debe ser. Un verdadero tomador, y él lo era, ha de saber que un buen trago no tiene misterios, que convence o no desde el primer sorbo, incluso, desde que se hue¬le. Y el clerén que tomaba ahora, mezclado con agua de coco, lo había convencido. Antes no lo había probado, porque en la cárcel uno se acostumbra a cosas que jamás se hubiese imagi¬nado experimentar. Y esta de Barahona tenía defectos, pero los panas se las ingeniaban para pasarles, al menos, el clerén. Y eso es mucho cuando uno está sufriendo la intemperie del encierro.

El mecanismo para hacérselo llegar es sencillo: los amigos llegan a las inmediaciones de la cárcel en una motocicleta, bien tarde en la noche, y lanzan por sobre el muro las botellas plásticas. En el interior ya están prevenidos, y es solo cuestión de capturarlas al vuelo, en el mejor de los casos, pues para eso es que sirven aquí los celulares. En caso contrario, es cuestión de recogerlas cuando todos estén durmiendo, por supuesto, después de pagar una módica suma a los carceleros. Al final, todo se reduce a gozar de la evasión que regala la bebida, flotar por sobre estos muros; salir, caminar, correr, reír, saltar, volar… Volver a ser persona. Ser libre.

No es un chorizo, uno de esos delincuentes rastreros que le roban lo mismo un pedazo de pizza a una estudiante, que se arriesgan a que una vieja les dispare desde un balcón mientras roban unas sillas plásticas de un portal. Lo de él es más serio, es un gentleman, un pescuezo largo, no un hijo de Machepa; alguien que sabe oler el dinero y lo busca, y si lo trincó la fiana, si lo pusieron a la sombra, se debió a una delación de un flojo que ya está chupando gladiolos, o tocando el arpa, como se quiera decir. Porque todo se puede perdonar, menos la traición, ese es el código del barrio, de los tigueres, y no será él quien lo viole. Que descanse en paz el pendejo que lo chivateó. Y brinda con un trago de clerén por el descanso de su alma…

Es un hombre culto, uno de esos que juega ajedrez mientras otros patean un imbécil balón de fútbol. Es un gentleman, ya lo ha dicho, un don que sabe conducirse, refinado y reposado. Y si toma ahora clerén, no es porque no haya tomado Ballantines o Stolichnaya, sino porque el hombre es su circunstancia. Y él no puede pedir más. Por algo sus socios se arriesgan cada dos días a lanzarle el clerén por sobre los muros. Y él lo toma, lo sorbe, lo agradece. Es el bibliotecario de la prisión, el que recomienda lecturas a los que nada leen, intentando amansar sus almas con la letra de Tolstoy o Víctor Hugo, de Dickens o Juan Bosch. Dura tarea la suya, en efecto…

Aquí tiene ahora en las manos, junto al trago abrazador, un libro de historia dominicana, uno de los libros que publica el Archivo General de la Nación; una de esas raras joyas de las que jamás hubiese disfrutado mientras estaba libre. Es una historia de La Era, de aquellos años cuando el pato macho mandaba, el mismo que les dejó el ejemplo de cómo lograr la felicidad a cojones. Porque Trujillo transmitió un legado invisible, el de cómo poner a un país a servir al fuerte a base de fuetazos, no de programas políticos, ni de alocuciones cultas. Y eso lo reconocían hombres como él, porque un bien nacido sabe agradecer cuando alguien le ha abonado el camino y le ha legado un ejemplo. Por eso, mientras otros eran seguidores de los dos grandes partidos del presente, él se sentía afiliado al Partido Dominicano del pasado, el de la palmita, el del Jefe…

Y en el libro que lee aparece el clerén, el mismo que ahora sorbe como si fuese un catador; el que obtuvo después de que varias botellas del mismo realizaran un vuelo libertario por sobre los muros de la prisión… Se trata de un interrogatorio a varias personas de San Juan de la Maguana, en agosto de 1933, debido a que alguien denunció que un sargento llamado Ramón Sabes, y un raso, llamado José Cuevas, habían estado en la casa de un tal Cesáreo Montás chupando clerén, en momentos en que este licor se consideraba, con razón, no solo un objeto de contrabando, sino una traición a la campaña moralizadora que el Jefe llevaba a cabo entre inconscientes e ignorantes, mientras, después se supo, no necesitaba tomar clerén, pues tomaba cogñac bueno, del caro…

Lo interesante del caso sobre el que leía en el libro publicado por el Archivo General de la Nación, con prólogo de un historiador cubano apellidado Abreu Cardet, es que establecía que aquella borrachera costosa del sargento Sabes y el raso Cuevas, había sido exhaustivamente investigada por una comisión formada por el capitán Manuel González y el mayor Fausto Caamaño, como si no hubiese nada más importante que indagar, y que estos se reían de los entrevistados, pues se notaba en las crónicas que no tomaban en serio la tarea asignada, como si no existiesen causas más dignas de ser indagadas.

Por ejemplo, en el interrogatorio de Cesáreo Montás, el vendedor de aquel licor de contrabando, se podía conocer que se trataba de tres galones de clerén, vendidos aquella aciaga tarde del 16 de agosto de 1933 a los militares, y que afirmó haberlo comprado antes a un hombre llamado María, que supuestamente vivía en la sección del Mamón, al precio de $3.45 pesos. En ese mismo interrogatorio, este había declarado que entre los compradores no solo estaban los militares ya señalados, sino también los civiles José A. de León, Homero García, chofer del carro de alquiler que llevó a su casa a los acusados, dos haitianos músicos, y un inglés llamado José Abraham.

Por su parte, los haitianos Oguilien Pie y José Francisco afirmaban que el señor Montás los había mandado a buscar “…con una flauta y una tambora” para amenizar una fiesta que el sargento esperaba tener con mujeres, y que terminó en borrachera entre machos, al no llegar las damas. Por su parte un tal Romero García, también interrogado, declaró que, no más llegar, un sediento sargento Sabes le había preguntado a Montás que dónde estaba lo suyo, lo que le tenía guardado, y que este le había servido media botella entre risas, y que esta contenía ciertas raíces de árboles, lo cual no levantó sospechas pues era entonces práctica habitual.

No pudo evitar sonreír al leer sobre la ingenuidad paradisíaca del pasado. Una comisión oficial, incluso, instruida para rendir cuentas de su trabajo al propio Benefactor, dedicaba horas y horas a indagar si un pelafustán había vendido ron barato de contrabando a dos militares del montón. Y era, por supuesto, para reír, si se comparaba con el presente…

Tomó otro sorbo y sintió una extraña punzada en los ojos, pero no le dio importancia, atribuyéndolo a que leía con muy poca luz. No quería que supieran que estaba despierto tan tarde. Supo que en aquella bacanal del clerén, los guardias habían, además, degustado un sancocho. Al ser interrogado el raso Cuevas, de la Novena Compañía del E. N., había reconocido que sabía que el contrabando de clerén estaba terminantemente prohibido por las leyes y que era su deber perseguirlo.

“Si yo hubiese ido solo a aquella casa -afirmaba el raso, y él no podía menos que reír evocándolo- hubiese capturado el contrabando, pero como fui con el sargento, me atuve a lo que él hiciera”.

Volvió a sentir una punzada en los ojos y el texto del libro se le borró. Pensó inicialmente que era el efecto del trago, pero de inmediato compendió que era algo más serio, algo realmente irreparable y terrible.

Sintió la llegada de una oleada de sudor frío y de una sensación de desamparo que lo sobrecogió, a pesar de ser un tipo bragado, sin miedo a nada. Supo, de golpe que aquel clerén de su desgracia lo estaba dejando ciego, postrado, varado en aquella prisión de mala muerte, despojándolo de un sentido, gracias al cual podía soñar con los amaneceres y el mar, con el azul del cielo y el gris de los días lluviosos, o sea, con la vida normal que no tenía, ni tendría por largo tiempo. Se sintió morir…

No tuvo tiempo de leer, pero sí de adivinar, que tanto el sargento Sabes, como el raso Cuevas habían comparecido ante la comisión investigadora, tras chocar con los muebles de la estancia donde fueron interrogados, topos inermes, seres desvalidos, dejados por caridad a la vera de Dios, y ciegos como cachorros recién nacidos.

Maldijo a sus amigos, a los mismos que le habían enviado aquellas botellas envenenadas por sobre los muros. Comprendió que ambicionaban su liderazgo y sus ganancias, y que detrás de la devoción a su persona, había una diabólica jugada, la del clerén adulterado…

Comprendió que, en el fondo, el clerén era una trampa, y que tras su vuelo libertario burlando las prisiones y los cerrojos, terminaba siempre aprisionando a los infelices, como él…

Tuvo aún valor para frotarse los ojos, ya inútiles, y evocar el vuelo de una bandada de palomas.

Fue libre, por última vez.

 

* Artículo del narrador e historiador Elíades Acosta, de la serie La Era, publicada por Diario Libre y compilada por el Archivo General de la Nación y la Fundación García Arévalo, en el 2016.

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