En el capítulo 15 del evangelio de Lucas, se narra la clásica parábola del hijo pródigo. En la misma, como sabemos, se plantea el escenario de un hijo que vive en la abundancia de bienes de la casa de su padre, pero se siente inconforme por varias razones. Se marchó de la casa y pasó todas las penurias posibles. Al vivir una escasez tan cruda, reflexionó y decidió retornar a su hogar, donde fue recibido de manera festiva.

En esta sencilla historia, se encierra una profunda realidad: al alejarnos de un punto nos acercamos a otro. Usualmente, al opuesto. A simple vista, lo que hemos expuesto parece lógico, pero no lo es. Si nos adentramos en la oscuridad, es porque nos estamos alejando de la luz. Si nos alejamos de la salud, nos acercamos a la enfermedad.

Cualquier caribeño que viaje a países fríos, en invierno, entenderá perfectamente que, al distanciarse del sol tropical se acerca a las temperaturas bajas del norte o del sur. Incluso, las percibirá más que los residentes habituales de esas zonas. De modo que, el clima que percibimos está vinculado a nuestro movimiento, por así decirlo.

En la actualidad, nuestra sociedad oscila -como nunca- entre dos polos bastante opuestos: conservadores y liberales, y no solo en el plano político. Dicho sea de paso, nótese cómo la población estadounidense se distanció de los criterios de Barack Obama y ahora se acercó a los de Donald Trump, lo cual ha derivado en una cantidad enorme de cambios radicales.

En estos momentos, por ejemplo, en lugar de ver multiplicarse los matrimonios, abundan las uniones libres; y en igual tesitura, los cincuenta y setenta y cinco años de casados, se han sustituido por una avalancha de divorcios (no hablamos de casos particulares, sino de cifras generales). Antes había casi hasta un descontrol de la natalidad, pero ahora el control es tan estricto, que tener un hijo es todo un acontecimiento. Algunos han planteado la dificultad que implicará en el futuro, el hecho de que las parejas solo tengan uno o dos hijos, y en otros casos, prefieran adoptar animales.

Y así podríamos plantear una cantidad enorme de hechos. Por ejemplo, el aborto ya no es concebido como un crimen, sino que se presenta como un derecho de las libertades femeninas: un logro de la madurez de la civilización humana. Las drogas no son un flagelo que hay que combatir, sino una bendición que hay que legalizar. En cuanto a la crianza de los hijos, hemos pasado de una época con matices tiránicos a otra, en la que -en algunos casos – parecería que son los hijos que están criando a sus padres.

En síntesis, si dejamos de creer en la familia, nos acercamos al individualismo. Si abandonamos los valores humanos y espirituales fundamentales, tendemos al viejo relativismo de pensar que las cosas no son buenas ni malas, sino que dependen de mí. Es en este tenor, en el que planteamos que al alejarnos de Dios, la luz, nos adentramos en una profunda noche porque la respuesta a la pregunta fundamental de nuestra existencia – ¿quiénes somos? – no se responde a partir de nosotros ni de los bienes materiales, sino en una relación amorosa con el Creador. Que en esta Navidad y este año nuevo, el Señor nos conceda la gracia de encontrarnos con nuestros valores profundos, con Él, con nosotros mismos y, por supuesto, con los demás.

El autor es profesor universitario

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