José Luis Taveras.

Por: José Luis Taveras.

¡A trabajar! El futuro no se espera; se construye: es la obra inacabada del presente, de un hoy infinitamente progresivo. Y no me refiero a ese trabajo que promueve el pensamiento liberal en el que el hombre no es sujeto sino objeto de un engranaje productivo; tampoco aludo al trabajo como prestación a un sistema deshumanizado dominado por el mercado como razón. Me refiero al esfuerzo inteligente, creativo y disciplinado para ser más y mejores humanos; al quehacer cotidiano con marca trascendente.

Siempre he pensado que el tiempo es un concepto infinito, totalitario y cósmico, pero sustancialmente estático. Lo que le da sentido dinámico y línea de dirección son los propósitos individuales y colectivos de vida. ¿Qué utilidad tendría sin un plan de vida? El tiempo es cauce de un torrente animado por nuestras acciones. Somos en él, pero él no nos hace ni nos destina.

El calendario apenas sirve para ordenar la cotidianidad y entretejer la memoria de nuestra existencia. Así, el nuevo año es pura utopía. A la postre, de nosotros depende de que sucedan o no las cosas, de que nuestra vida se renueve o no en su agenda. Nuestros actos determinan la grandeza y evocación de las fechas. Las huellas las hacen los hombres; el tiempo las conserva. Por eso el tiempo no se espera; se retienen las decisiones.

Los años no son malos ni buenos; nuestras determinaciones pueden ser asertivas o erradas y son ellas las que finalmente decretan lo que somos o seremos; ellas nos redimen o nos condenan. Pero debemos vivir la ficción de un nuevo año para hacer rupturas con la rutina, oxigenar la monotonía, pausar el ritmo, aspirar otros alientos, contar las pisadas, afirmar nuestras convicciones, reordenar los planes y darles otras alturas a las visiones. Sí, ¡vivamos intensamente esa ilusión! pero como simple coartada para repensar nuestros designios y rescatar así tantos compromisos arrimados. Desempolvemos los pactos interiores abandonados porque, a pesar su brevedad, la vida siempre nos aguarda cuando es para ser más. Esa oportunidad, única e inexorable, no regresa ni se excusa; es una gracia portentosa de la soberanía divina.

Antes se pensaba que la distinción esencial entre el hombre y el animal era cognoscitiva. Hoy se sabe que hay otra dimensión comprometida en la distinción: la voluntad, que es su capacidad para discernir, elegir y decidir consciente, responsable y libremente. El hombre tiene una conciencia racional de sus actos que le permite prever y conocer sus consecuencias; el animal apenas ordena instintos y asocia los resultados de sus conductas. Los actos humanos responden a decisiones y estas a propósitos; los propósitos, a su vez, revelan una misión de vida. Quien no sea capaz de descubrirla y construirla en la convicción de ser más, vagará como animal sin otra razón que respirar, comer, estimular los sentidos y morir. Eso es existir y no vivir: un destino miserable. La realización del hombre camina sobre un plan de vida armado en esa misión. Dios nos ha dado espacio, tiempo y libre albedrío; la decisión es nuestra: vivir o existir.

Comprar un auto, tener un hijo, construir una casa, decidir un matrimonio, “hacerse” los senos, rebajar unos kilos, terminar una carrera, cerrar un buen negocio, viajar al extranjero constituyen un catálogo meritorio de planes, pero no nos realizan en lo esencial. Lo que hacemos, tenemos o logramos tampoco nos definen; ni siquiera suman a lo que somos. Nos hacemos en los demás porque es trascender al primitivismo del ego. El éxito deja satisfacciones; la entrega nos realiza y deja historia. La vida es más que sus logros. Nadie ha sido recordado por lo que tuvo sino por lo que hizo por los demás.

Siento cierta fascinación fetichista por el jabón, el desodorante, el papel higiénico y el inodoro; les llamo la “utilería de la futilidad”; su uso nos iguala en humanidad y nos convoca a la misma mortalidad; verdades que yacen en su irreflexiva rutina.

Me provoca esta parábola de Jesús: “También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios” (Lucas 12:16-20 RV1960)

Gracias a Dios por este nuevo año; una oportunidad siempre inédita para perdonar, amar, corregir, construir, pensar y… soñar.

Artículo tomado del periódico Acento.com.do

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