Edwin Paniagua

Edwin Paniagua

En estos días de vacaciones, he aprovechado como nunca para descansar y compartir con la familia. Hemos disfrutado cada momento que hemos podido. Menciono esto porque algunos amigos han compartido conmigo un video en el que una señora hace varias afirmaciones, entre ellas, la que titula nuestro artículo. Ella, literalmente, dice: “No sé a cuál psicólogo loco se le ocurrió decir que los padres deben ser amigos de los hijos”. La intención, pues, de nuestro artículo es comentar algunas de esas afirmaciones.

Ella inicia revelando que “ser mamá es ser jodía porque como madre me toca establecer límites y eso es muy desagradable”. Esta sentencia tiene una carga discursiva negativa. Parecería que ser madre es una desgracia y no una bendición. Su concepción de la maternidad es la de un inconveniente (ser jodía), la de un deber externo e impuesto (me toca) y autoritaria (establecer límites). Y hasta un punto, es cierto. La maternidad (y la paternidad) implica una dosis alta de responsabilidad y de autoridad. Ahora bien, lo que define a los padres es el amor, es la procreación, es la crianza, es la ternura. La primera responsabilidad que tenemos es la de amar a nuestros hijos y buscar su crecimiento. Y en eso debe haber alegría y satisfacción, no solo cansancio y mal humor.

Una segunda afirmación de la conferencista es que “antes, el castigo que me imponía mi papá duraba treinta días, un mes completo y no me lo suspendían por ninguna razón: él se estaba preocupando por lo que yo sería, no de inmediato, sino treinta años después”. Como resultará obvio, esto suena a dictadura, a trujillismo. La función principal de un agente de tránsito, como la de un oficial de policía, debe ser ayudar a que fluya el orden y no sancionar. Por supuesto, debemos enseñar a nuestros hijos a respetar los límites, pero firmeza no es lo mismo que fuerza bruta. Por ejemplo, el otro día, le pedí a mi hijo que terminara de leer un libro. Él se distrajo con el celular y no lo hizo. Como reacción, le suspendí el uso del celular por el día siguiente (era de noche). Antes del mediodía, ya había concluido la lectura del libro. Inmediatamente, comentamos algunas ideas del texto (incluso, él se animó a escribir un artículo, su primero y lo publicó en varios periódicos). Después de nuestra conversación, le devolví el celular. El banco le cobra mora hasta que usted se pone al día. Pero si usted se atrasó en un pago, de un mes, la institución financiera no puede cobrarle un año de recargo. La finalidad del castigo es indicar que cruzó un límite y su respectivo resarcimiento, jamás debe ser una exhibición de fuerza. La disciplina debe ser positiva, formativa, propositiva: debe buscar una mejora. Y se debe formar no solo para el después, sino para el ahora.

Por último, la charlista concluye diciendo que “somos una generación que le tuvo miedo a los padres y a sus hijos”. No sé en qué país vive ella, pero esa no es mi realidad ni la de muchísimos amigos. Es verdad que crecimos en hogares en los cuales, por muchas razones, la violencia era un recurso formativo y generaba miedo. Ahora bien, habría que discutir si el miedo es el sentimiento sobresaliente de nuestra generación. Pero se equivocó completamente al afirmar que nosotros, como padres, les tenemos miedo a nuestros hijos. Es indiscutible que los jóvenes, hoy, tienen más libertad que antes (gracias a Dios), pero es una bendición para nosotros y para ellos que debamos aprender a negociar, a conversar sobre ciertos valores porque así serán más duraderos. Hablar con ellos implica que pasemos tiempo con ellos. Hablar con ellos implica darnos cuenta de que cada uno es diferente (y eso los beneficia también a ellos). Con los primeros que un hijo debe conversar una situación (de crecimiento o problemática) es con sus padres. No solo debemos ser amigos de nuestros hijos, sino como dicen ellos “panas full”.

 

— El autor es profesor universitario. Reside en Santiago de los Caballeros.

 

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