Edwin Paniagua

Edwin Paniagua.

Este artículo es casi una continuación de otro, publicado recientemente. En el primero, nos referíamos a una conferencia dictada por una psicóloga chilena (Pilar Sordo), en la cual ella explicaba que los padres no deben ser amigos de sus hijos. Como ya escribí sobre semejante parecer, no lo voy ni a repetir ni a resumir. Ahora resulta que, en su nueva alocución, los padres tampoco debemos buscar la felicidad de los hijos. Si sigue, los padres nos quedaremos sin trabajo.

Ella afirma: “Es una estupidez que los padres busquen la felicidad de los hijos. Ser felices significa que ellos deben estar contentos y sonreír como pelotudos (idiotas). Por eso hay una generación de niños obesos, de padres imbéciles, que para que el niño esté contento le dan la porquerías para comer… Como la democracia entró en la casa, cada decisión es como una Primaria… Engordamos a los niños porque no pasamos las cuatro horas que se pasaba mi papá conmigo, hasta que me comía la carne… Yo soy quien decido si mi hijo come grasa o come sano. Nuestros niños no van a ser adultos flacos. Y eso es una falta absoluta falta de gobernabilidad de nosotros, como padres”.

No me referiré a la creativa vinculación entre felicidad y obesidad (¿ser flaco es ser saludable?) por considerar que hay aspectos más relevantes (según ella, su papá utilizaba cuatro horas para que ella comiera “carne”: yo pensé que diría “vegetales”). Por otra parte, noten el campo semántico y su carga emocional: “estupidez, idiotas, imbéciles, porquería, yo decido, gobernabilidad…”. No haré ningún comentario, como decía el programa aquel: sea usted el jurado.

La profesional de la salud mental (!) confundió los términos feliz, alegre y contento. La felicidad es el fruto de una realización personal (emocional o espiritual). La alegría equivale al júbilo, al gozo. Mientras que estar contento implica estar satisfecho, conforme. Y, a veces, las señales son las lágrimas, no la sonrisa. Según Aristóteles (filósofo…), “La felicidad consiste en hacer el bien. Solo hay felicidad donde hay virtud”. De su lado, Epicteto (filósofo estoico) aseguraba que la felicidad no consistía en desear, adquirir y gozar cosas, sino en ser libre. Erich Fromm (psicólogo) decía: “Dar produce más felicidad que recibir porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad”. Y siempre se le ha atribuido a Sartre (filósofo existencialista) la siguiente máxima: “La felicidad no es hacer lo que uno quiere (eso sería libertinaje), sino querer lo que uno hace”. Según estos pensadores, la felicidad implica vivir de manera virtuosa, en libertad responsable, compartiendo y siendo solidarios e identificándonos con lo que somos, lo que tenemos, lo que hacemos y lo que queremos. Construir la persona en equilibrio con lo (s) demás.

Como se comprenderá, como padres, no solo es recomendable, sino que es nuestro deber procurar la felicidad de los hijos. Entiéndase que ellos crezcan (en todo el sentido de la palabra) y logren SUS objetivos en la vida. ¿Cómo? Siendo proveedores de las condiciones para que ellos se desarrollen. Y más aún, es otro error de la psicóloga aplicar el concepto “gobernabilidad” a los hijos (que no son potros para domar ni esclavos bajo mi patria potestad). Mis hijos no votaron por mí para que yo fuera su padre. Concluyo señalando que la mejor forma para que ellos logren su felicidad es fomentar en ellos la sana y apropiada toma de decisiones (con criterios, lo cual incluye no solo la comida, sino los amigos, los estudios, sus talentos, el manejo emocional.). Ellos son libres. Ellos son personas. Como sentenció Kahlil Gibran, en su conocido poema “Tus hijos no son tuyos”: “Tú eres el arco del cual, tus hijos como flechas vivas son lanzados. Deja que la inclinación en tu mano de arquero sea para la felicidad”.

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