En distintas sociedades, la mínima conducta impropia arruina la carrera de cualquier político, artista, deportista u otras figuras públicas, comúnmente. Medie o no condena legal, el mal ejemplo, la afrenta contra la sociedad motivan sanción moral colectiva y les aplican el ostracismo, contundente rechazo generalizado como castigo. Recientemente el movimiento “me too” fue paradigma en este sentido. Aquí, país del “na e’ na”, nos tomamos las cosas mucho más a la ligera. Así, un maltratador de mujeres reincidente como el artista urbano “Omega” continua posicionado como fenómeno popular. Su apretado itinerario de fiestas una vez salió condicionalmente de la cárcel, la veneración que genera entre jóvenes y adultos, denuncian que su machismo y violencia poco importan. ¿Dónde nos conduce esta inconsciente indulgencia?

 

Claudia Fernández / ElCaribe.com.do

Deja un comentario

error: