La relación de una sociedad con sus divinidades va de abajo hacia arriba, pero la relación de los grupos políticos verdaderos y de los seudoverdaderos necesariamente tiene que ir de arriba hacia abajo porque en las sociedades politizadas de hoy no habitan los héroes de Homero, sino hombres, personas de carne y huevo capaces de juzgar comportamientos, sacar conclusiones sobre la conducta y actitudes de quienes se dicen ser “dirigentes” políticos o sociales y también capaces de rechazar la innoble y ridícula conducta de esos dirigentes, como aquella de  elegir el color amarillo-pardo de las heces humanas para darle una mano de pintura a un edificio público.

El poeta  mejicano Octavio Paz, Premio Nobel de literatura del 1990, escribió allá por los años 80, que solo la poesía miraba al hombre como un enigma viviente, en tanto que la sociedad,  la filosofía  y la historia lo veían como un animal político, racional e histórico, y la Psicología como un individuo que podía  mostrarse con un comportamiento controlado acorde con lo esperado y aprendido en el seno de su especie, pero también podía mostrarse con un comportamiento violento, agresivo y amenazante cuando le falta el pensamiento crítico al reclamar frente a otros una razón que no tiene.

Cierto, cuando un grupo o partido político adopta como expresión conductual el dogmatismo o el fanatismo extremo, de inmediato pierde la oportunidad de poder comunicarse a dos lenguas con sus adversarios y con la sociedad de la cual se ufana de formar parte pero a la cual no respeta ni tiene intención de respetarla jamás. Y su dificultad de comunicación con aquellos que adversa y con la sociedad en sentido general nace de su presuntuosidad, y esa presuntuosidad es la que lo lleva a creer que su grupo “es la sal de la tierra”, que a la sociedad le basta para establecer “una justicia social total y absoluta” que su grupo llegue al poder del Estado.

Los Falpistas se creen los iluminados por la ética. Como si la ética fuera una especie de geometría secreta que solo a ellos los grandes matemáticos les revelaron sus líneas y ángulos, o una botija que en sueño un espíritu obsequioso le mostró adónde estaba enterrada. Ignoran que la ética no es como el majarete que para que sea sabroso basta con echarle siempre los mismos ingredientes previamente identificados;  aquella, por contrario, sus ingredientes y su expresión cambian con el contexto histórico-social porque  es hechura del hombre social. Un hombre aislado ni produce ética ni la necesita.

Lanzar pupú sólida o diarreosa, del color que fuera y con el olor que tuviese  al edificio de la Suprema Corte de Justicia dizque como repudio a la conducta de los jueces que la integran, fue un insulto propio de políticos disparatosos pues esa desvergonzada y estúpida acción contra un poder del Estado, no fue una acto moralizante sino vacío de lucidez política.

Dos diarios tan importantes como El Nacional y el Caribe, dedicaron sus editoriales del día 8 a la condena pública de esa acción de bandolerismo Falpista de tirarle un bidón de caca al edificio de la Suprema Corte, y otros diarios de no menos importancia, también repudiarán la superlativa vulgaridad cometida ya que la misma podría dar pie a que otras naciones piensen que somos un país cuyo rasgo principal de la actividad política es tirarle encima un saco de hedionda y grasosa pupú a los enemigos políticos.

Aquí hay partidos y grupos políticos extremistas que, aunque sus seguidores caben en una mano semiabierta,  tienen la ilusión de que alcanzar el poder es cosa de solo querer llegar y tomarlo. Los “probecitos” no saben que el poder no es como un poema, que basta con leerlo para saborear su ritmo, su música, su cuerpo, su fondo. El poder hay que verlo, comprenderlo, analizarlo, percibirlo y tocarlo para conocer sus moléculas, textura y hacia se desplaza.

Los votantes, normalmente, no apoyan a los grupos políticos que nadie les ve cordura en lo que hacen y dicen, ni mucho menos a los loquitos que les coge con tirarle sica a una institución del Estado.   Todos los grupos sensatos, medios de comunicación, instituciones públicas y privadas y gremios, deben repudiar la conducta de los Falpistas contra la Suprema Corte porque no solo fue un agravio contra ésta institución sino contra toda la sociedad decente.

 

Pedro Mendoza / La Información. 

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