José Luis Taveras.

A mi hermana Iris, un alma animal en un corazón humano

Cuando lo acogimos como hijo adoptivo de la familia era ya un perro viejo. Lo único que animaba alguna admiración era su abolengo: un pastor alemán “puro”. Lo recibimos de una tía que en los años setenta se había regresado a New York después de una estancia de dos años en el país. Bobby no tenía una historia espectacular de vida. Uno de sus mayores logros fue haber venido en avión cuando ni mis hermanos ni yo conocíamos un aeropuerto.

Cada vez que alguien nos inquiría sobre el perro nos disputábamos por contestar y presumir sobre su estirpe. Obvio, nunca faltaba el relato de cómo llegó a Santo Domingo. La reacción de los escuchas era de escepticismo. Y era natural: no todas las casas de Licey al Medio tenían como mascota a un ciudadano americano que si hablara lo haría en inglés. Pero lo que despertaba más dudas era que Bobby no cargaba el “olor a New York”, esa fragancia a lavanda que distinguía a quienes venían de allá como desarraigados de una civilización superior. Todo lo contrario, Bobby apestaba. Su piel escamosa y levemente pelada era muy sensible a las afecciones tropicales.  Entre su pelo guardaba erupciones epidérmicas y ronchas rojizas. En ese tiempo era un lujo, que no teníamos, visitar a un veterinario. Su olor se convirtió en incienso hogareño, tan nuestro que bastaba husmearlo para intuir su presencia, aun lejana.

Bobby, flemático y sereno, no consentía con los histerismos de la muchachada canina. Tenía un porte fornido y señorial que convocaba al respeto. Era distante y taciturno, pero leal por convicción. Ese carácter se fue acentuando con la edad. De hecho, cuando lo recibimos, Bobby tenía diez años, que era como decir 74 años en la tabla de equivalencia con la edad humana. Al cumplir sus catorce (104 en los humanos) caminaba con torpeza y pesadez. Apenas se sostenía sobre sus pies. Para hacerlo se arrimaba a una pared y aun así caía de bruces arrebatado por un extraño vértigo que le robaba el equilibrio. Pese a eso nunca perdió la euforia ni el hociqueo jadeante de sus caricias cuando nos sentía llegar de la escuela.

Entre Bobby y yo prendió un afecto místico. Teníamos el mismo carácter. Su ánimo me contagiaba. Cuando me veía abrumado por los exámenes se recostaba a mi lado vigilando mi tormento con su apacible mirada. Es más, recuerdo algunas lecciones por el absorto semblante que ponía cuando se las recitaba de memoria.

Una tarde calurosa y seca Bobby escarbaba entre las vísceras sueltas de un becerro desguazado en un matadero vecino. Me inquietaba saber cómo había trasladado hasta ese lugar residuos tan pesados y si se trataba de una carroña. Me acerqué confiadamente a la sombra de un árbol de aroma donde el perro despedazada su botín.  A menos de dos metros empecé a susurrarle mientras afinaba mi mirada a su manjar. Corté distancia para manosear su lomo, pero como poseído por un espíritu infernal, el perro se abalanzó sobre mi cuerpo y, en un arrebato paranoico, hundió sus colmillos en mi piel.

Todavía me eriza el recuerdo de aquella hendidura que desnudó parte del hueso de mi rodilla derecha. El trauma de ese día fue más hondo que la mordida y las razones todavía laten: fue un ataque pérfido que nunca esperaría un niño de diez años, y qué decir de la torpeza de mis vecinos cuando rociaron la herida con tres limones, entre patadas, gritos y retorcimientos desgarradores.

A partir de ese día el viejo Bobby fue otro. La culpa, corrosiva e impenitente, le robó valor para mirar más allá del suelo. Aceptó con sumisión el aislamiento, convencido de que lo que hizo era imperdonable. Perdió fuerzas en sus patas y motivos para avivar su rabo. A menudo, desfallecido, caía. Su mirada, lejana y mustia, parecía implorar la muerte.

Le acechaba todos los días desde la ventana, evitando que me sintiera. Todavía Bobby guardaba el ácido de su culpa.

Un día decidí enfrentarlo. Poco a poco me fui acercando hasta detenerme a dos pasos de donde descansaba. Alzó su aturdida mirada y la clavó en mis ojos como quien se ata a una rama para no caer desde un despeñadero. Gimió con dolor indescifrable. Le sonreí; sus ojos volvieron a fulgurar como el sol de ese verano. Su semblante abandonó la pesadumbre y se iluminó. Dos horas más tarde Bobby murió en el silencio. Juro que hoy vi esa mirada…

 

Por José Luis Taveras / Acento

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