La Iglesia Católica en nuestro país ha ejercido tradicionalmente una especial influencia sobre una gran parte de la población creyente y en tal sentido ha sido uno de los poderes fácticos que contribuye a la estabilidad del régimen político nacional.

Esa influencia operó significativamente en la deslegitimación del régimen de Trujillo, mediante la famosa Carta Pastoral que se leyera en todos los púlpitos con motivo del Día de La Altagracia del 1960, en circunstancias en que se reprimía a la juventud dominicana, por su resistencia a la tiranía.

En esta Semana Santa, luego de las palabras del Arzobispo de Santo Domingo, alertando sobre una dictadura, nuevamente la Iglesia mediante el Sermón de las Siete Palabras, hizo una crítica sistemática a los rasgos que exhibe el régimen político, poniendo énfasis en el irrespeto a la Constitución, la falta de independencia de los poderes y el secuestro de la Justicia.

Bajo esas orientaciones los religiosos describen la situación con las siguientes frases: “Cada día que pasa destruyen más nuestra institucionalidad”; “Justicia cínica y teatrera”; “Solo viven para defender sus intereses”; “Basta de querer tenerlo todo”; “Que cada poder del Estado tenga su independencia para fortalecer la democracia”. Son frases que expresan el grito de la Iglesia frente a un dominio político que se ha construido asociado al propósito de ser la nueva clase gobernante y dominante, la cual ha sabido, a través del partido gobernante, aprovechar la tendencia al monopolio que da lugar a la concentración del poder político y económico.

Es ese poder monopólico el que está detrás de la nueva clase y del secuestro de la Justicia y de los demás poderes del Estado, no solo para protegerse mediante la impunidad, sino al mismo tiempo para asegurar la apropiación privada de los recursos públicos, para su propio desarrollo, maximizando su poder, excluyendo a los demás y dejando una larga estela de pobreza y desinstitucionalización de la nación. Esa es la comprensión que complementa el clamor de la Iglesia en su fervorosa defensa de la libertad y la democracia dominicana.

Esa defensa de la Iglesia, sin embargo, no debe provocar una respuesta de las autoridades, en la dirección de descalificar a los ministros de la Iglesia. Una confrontación con la cúpula de la Iglesia, como en los tiempos de Trujillo, pudiera reproducir aquel proceso de confrontación en el cual los representantes de ese régimen, de forma irónica se referían a la curia como los “ensotanados”, precipitando la deslegitimación de aquel régimen autoritario e intolerante.

Confrontar a la Iglesia es un riesgo que debe calcularse muy bien: Primero, porque ya los “guardias” no representan la fuente de legitimación fáctica de aquellos tiempos; y segundo, porque la Embajada no luce estar de parte del dominio establecido, al tiempo que la cúpula empresarial, la otra referencia de legitimación fáctica, también parece hoy día muy dividida, mientras que la población, fuente directa de la legitimación democrática, en su mayoría se inclina en contra de la Reforma a la Constitución con fines de reelección.

¡Qué se descarte la confrontación político-religiosa!

 

Fuente: La Información. 

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