Hace unos años, vimos en familia la película Buscando a Dory, continuación de la película de Walt Disney Buscando a Nemo. La trama general de esta película es que ella desea encontrar a sus padres que están en un centro de biología marina en California. La pista para llegar hasta ese lugar la obtuvo mediante un sueño, en el que visualizó aspectos de su infancia, por ejemplo, que sus padres marcaban el camino a casa con líneas de caracoles para que ella no se extraviara. En sentido general, ayudamos a crecer a nuestros hijos, tanto en lo físico como en lo cognitivo y nos sentimos realizados por ello. Sin embargo, cuando llega el momento en que tenemos que dejarlos caminar por sí solos, surge una serie de preguntas, tales como: ¿estará listo?, ¿sabrá qué hacer en el momento adecuado?, ¿qué hará si no estoy cuando me necesite? Ya no los podemos acompañar, solo nos queda confiar.

La deficiencia en la memoria de Dory llevó a sus padres a sobreprotegerla porque ellos no podían marcar todos los caminos posibles a casa. Esta es una característica del apego emocional que sienten los padres hacia los hijos. En una conferencia de psicología a la cual asistí, la expositora destacaba que, el apego es algo normal en la conducta humana. Aclaraba que el apego emocional es un tipo específico de vínculo, dentro de los afectivos, de naturaleza social y que supone la búsqueda de protección y cuidado. Además, enfatizó que la consecuencia más negativa de este era que impedía que nuestros niños fueran autónomos. Los principios de autonomía en los niños se van estableciendo en la medida en que los padres van acompañándolos, pero dejándolos ser, con una debida corrección y confianza en el trabajo que se realiza. John Bowlby desarrolló la teoría del apego. La definió como una estrategia evolutiva de supervivencia para proteger al infante de predadores. Como padres, debemos analizar cuando nuestro cuidado y nuestros deberes se están transformando en un cerco que obstruye el sano desarrollo de nuestros hijos. Khalil Gibran, autor libanés, sentenció en su poema Sobre Los Hijos, lo siguiente:

Tus hijos no son tus hijos:

son hijos e hijas de la vida deseosa de sí misma.

No vienen de ti, sino a través de ti y aunque estén contigo no te pertenecen.

Puedes darles tu amor, pero no tus pensamientos,

pues ellos tienen sus propios pensamientos.

puedes hospedar sus cuerpos, pero no sus almas,

porque ellas viven en la casa del mañana,

que no puedes visitar ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos, pero no procures hacerlos semejantes a ti

porque la vida no retrocede, ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual tus hijos, como flechas vivas, son lanzados:

deja que la inclinación, en tu mano de arquero, sea hacia la felicidad.

Concluyo con una pregunta: ¿todavía serán útiles los caracoles para señalarles el camino correcto a tus hijos? Gladis Díaz M.A.

La autora es profesora lasallista en Santiago de los Caballeros.

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