Asistiendo como espectador a varios conciertos sin fines de lucro, empecé a identificar a este artista santiaguero, ejecutando el violín como integrante de la desaparecida y exitosa orquesta: “Los Caballeros Montecarlo”, conformada en esta ciudad de Santiago bajo el amparo de una compañía estatal; pero, varios años después, gracias a un amigo común, director musical y arquitecto Tony Cruz, a quien debo el honor de conocerlo, admirarlo y quererlo, desde y para siempre, a Leonel Cantisano.

Conocerlo me ha permitido apreciar en sus diferentes dimensiones, la de artista y amigo, la de farmacéutico y empresario, el hombre individual y familiar, y destacarse en cada una de ellas, es porque posee una formación, o sea, una plataforma individual forjada en valores como la humildad, la honestidad, la dignidad, el trabajo… Los que como yo, hemos compartido arte y academia, sabemos lo difícil que resulta armonizar equilibrar estas actividades. Una y otra tienen un distintivo, un sello, una particularidad difícil de ensamblar.

Veamos algunos datos de su biografía.
Recién graduado de bachiller, este joven santiaguero de pura cepa viaja hacia la capital, solamente con su violín a cuestas, el título y cien pesos que le dio su padre para inscribirse en la única universidad de entonces, y para cubrir la mensualidad en una pensión de estudiantes. Llevaba algo más importante en su mente: la voluntad, las esperanzas y las ilusiones de un artista dispuesto a labrarse un futuro.

Todo esto ocurre a principios de la década de 1950. Época de esplendor y decadencia de la dictadura. Los próximos diez años serán determinantes en su vida artística y profesional. Poco tiempo después lo admiten como violinista de la Orquesta Sinfónica Nacional, es decir, para la música clásica; y por separado, obtiene otro trabajo como músico de la antigua Voz Dominicana, en su etapa de oro, con su famosa Semana Aniversario, sede de presentaciones de los grandes artistas del mundo; y de paso, estudiante de la carrera de Farmacia en la Universidad de Santo Domingo; y recibía clases de violín de los grandes maestros italianos que residían en el país, para perfeccionarse como instrumentista.

Por su talento artístico, voluntad y sueños pudo salir airoso en todos esos retos. Comprenderá el amigo lector  que combinar lo clásico y lo popular, y sobresalir en ambos, y concluir sus estudios universitarios, es un mérito que pocos pueden alcanzar. Posteriormente, caída la tiranía, pudo viajar a Estados Unidos (Nueva York), e implementó esa combinación,  es decir, lo culto y lo popular, y repitió el éxito. Violinista de la Filarmónica de Nueva York y formó parte de la orquesta de otro famoso músico santiaguero: Jhonny Pacheco, en su etapa de la Charanga; tenía como instrumentos principales: la flauta tocada por el propio Pacheco, y dos violines, uno ejecutado por Carlos Piantini.  Cuenta Leonel entre sus muchas anécdotas,  que las giras eran muy frecuentes y cada vez más largas (una de ellas duró tres meses sin volver a ver su familia). Residiendo ya en La Florida se integró a la filarmónica (primer santiaguero en lograr ser violinista de tres filarmónicas), alternando con grupos populares, entre ellos, Los Violines de Pego con quien grabó numerosos discos de larga duración.
Su experiencia es interesante, su anecdotario es extenso. De ambos se pueden aprender.

Ante la cercanía de un aniversario más de su fecha natalicia, 26 de julio, quise recordar y felicitar a un gran artista, profesional y ser humano, con esta entrega de Cultura, y pedir al Señor que le conserve su vitalidad física, espiritual y mental para quienes nos sentimos honrados con su amistad.

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