Muchos e importantes especialistas de la narrativa consideran que “Cuento de Navidad” de Juan Bosch, maestro de la literatura latinoamericana, es una magnífica creación como pocas veces ha sido contado en el mundo por escritor alguno, ese acontecimiento trascendente. Me uno a ese criterio.

Propicia es la ocasión para invitar a retomar ese texto siempre nuevo y puro, con su mensaje motivando a la reflexión. A continuación transcribo un fragmento del capítulo 2, contextualizado en los momentos previos al nacimiento de Jesús. Dice así:

“Con gran trabajo llegaron María y José a Belén y hallaron el poblado lleno de forasteros, visitantes de las aldeas vecinas que iban allí a inscribirse y aprovechaban el viaje para vender lo poco que tenían. Las pequeñas calles eran muy estrechas y torcidas, de manera que el borrico, cargado con María, apenas podía pasar por entre los montones de quesos, de pieles de carneros; de higos y de botijos que los vendedores extendían sobre las piedras. Mientras pasaba, José iba gritando que pagaría bien a quien le ofreciera una habitación para él y para su mujer, que llegaban de lejos y necesitaban albergue. Pero nadie pudo ofrecerles techo, ni aun por una noche. Las casas, en su mayoría pobres, estaban llenas desde hacía días con los visitantes de los contornos. Nadie ponía atención en los gritos de José, que estaba angustiado porque sabía que su mujer iba a dar a luz y quería que lo hiciera como todas las mujeres, en una habitación. José no sabía que el Señor Dios había dispuesto que Su Hijo debía nacer pobremente, tan pobremente como podría nacer un ternero o un potrillo.

“Siguieron, pues, María y José cruzando las callejuelas. Veían pasar ante ellos jóvenes con corderos cruzados sobre los hombros, muchachos que llevaban palomas enjauladas o racimos de perdices muertas; pasaban ancianas con telas que ellas mismas habían tejido; de vez en cuando cruzaban grupos de asnos cargados con botijos de vino y de aceite. Todo el mundo gritaba ofreciendo algo en venta. Belén estaba lleno de mercaderes.

“No habiendo hallado albergue para él y para María, José fue a dar a un establo, hacia el camino del sur. En el establo descansaban las bestias de labor de los campesinos que iban a Belén, y se veían allí muías, bueyes, jumentos y caballos, cabras y ovejas. Como José y María llegaron tarde, casi todas las bestias dormían ya. El sitio era pobre, con el techo en ruinas, las paredes a medio caer, el piso lleno de excremento de los animales. Pero había calor, el calor que despedían las bestias, y un olor fuerte, que resultaba a la vez grato, parecía llenar el aire del lugar.

“Cuando el Señor Dios despertó, ya estaba naciendo Su Hijo. Nació sin causar trastornos, muy tranquilamente; pero igual que todo niño, gritó al sentir el aire en la piel. Gritó, y un viejo buey que estaba cerca volvió los ojos para mirarle; mugió, acaso queriendo decir algo en su lengua, y su mugido hizo que una muía que estaba a su lado se volviera también para ver al recién nacido. En ese momento fue cuando el Señor Dios abrió allá arriba las nubes y dijo:

—¡Pero si ya nació Mi Hijo!”…

Fuente: Lainformacion.com.do

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