A María le encantaba el jugo de naranja. Ella sabía que esa fruta era muy saludable porque era rica en vitamina C, entre otros beneficios. Por eso, disfrutaba preparar los jugos (no permitía que los hiciera su mamá) y se tomaba un mínimo de cuatro vasos al día. Cuando los ingería, la felicidad se le notaba en la sonrisa.

Por otro lado, el limón se sentía solo y triste porque María siempre lo ignoraba. Es más, él estaba seguro de que ella nunca había hecho un jugo de limón. Desde que lo trajeron del supermercado, había deseado ser como la naranja. Él veía cómo ella la masajeaba con suavidad. También, él observaba cómo ella acariciaba y multiplicaba a su rival, la cual parecía derretirse en sus manos.
El limón, entonces, pensó en muchas estrategias para que María se fijara en él. Después de analizar sus opciones, escogió la de rodar hacia ella. De repente, ocurrió lo más extraordinario: la niña se quedó mirándolo fijamente y decidió hacer un jugo con él. ¡Qué felicidad!: al fin sería tratado igual o mejor que la naranja. Su cáscara lucía radiante.

Todo marchaba muy bien, hasta que el limón vio algo aterrador. En primer lugar, notó que un objeto metálico y filoso se acercaba hacia él. En segundo lugar, se dio cuenta de que María no lo acariciaría con sus manos, sino que utilizaría un instrumento espantoso. Fue así como él se dio cuenta de que, en lugar de multiplicar a las naranjas, en realidad, las dividían en dos. También, que las caricias eran parte del proceso para extraerle su jugo. Muy tarde, el limón comprendió que no todo es como parece y que, por eso, no debemos ser envidiosos.

Gabrielle Marie Paniagua
Estudiante lasallista (3ero. Primaria).

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