¡Ah, las Águilas!

Por Pedro Domínguez Brito

Las discusiones entre aguiluchos y liceístas son interesantes, especialmente si los segundos, erróneamente, consideran que su equipo es el mejor. Para el aguilucho no hay nada más excitante que ganarle al Licey. No importa que otros ganen con tal de que los azules pierdan.

Los aguiluchos somos modestos, independientemente de que, siendo realistas, nuestro play sea el más alegre del mundo, nuestra Aguilita la mascota más fenomenal del universo y no exista en el planeta un merengue tan contagioso como “Leña”. Somos humildes, lo juro.

Y tenemos otra ventaja que alimenta nuestro entusiasmo: somos cabalosos. Los liceístas privan en no creer en la suerte, dizque porque son de la capital, cuando la verdad es que el nombre de su equipo proviene de un minúsculo río de la provincia de Santiago. El liceísta, comparado con el aguilucho, es aburrido, con su mascota que nadie sabe si es gato, tigre, ratón o jutía.

Y hablando de cábalas, les juro que dan resultado. Basta contar los campeonatos que tienen los aguiluchos. Y pregonamos nuestras cábalas con orgullo. Es más, en una reunión de auténticos aguiluchos este tema es obligado, aunque a algunos les resulte vergonzoso admitirlo. Hace días, en uno de esos encuentros, alguien expresó: “Las Águilas triunfan, porque mi cábala funciona”.

Inmediatamente hubo una guerra de cábalas. Cada uno afirmaba que la suya era la responsable de los triunfos mameyes, y mientras lo hacían miraban a los demás de reojo, con recelo. Parecía un pleito interno de un partido político.

Uno aseveró que cuando iba al estadio con la ropa interior al revés las Águilas no perdían, que ahí estaba la clave. Otro dijo que le echaba Agua de Florida a la gorra antes de iniciar el partido, y que eso sí que funcionaba.

El alcohólico del grupo expresó que todo era el resultado de su promesa de no beber durante el juego. El ateo indicó que antes de cada entrada rezaba el rosario en silencio, y que ya hasta en Mariano se estaba convirtiendo.

La única dama presente, algo imprudente, se destapó con que trataba de no hablarle embustes a su novio mientras veía el partido, que eso daba dicha.

Y yo no podía quedarme atrás. Manifesté orondo que los triunfos se debían a mi camisa mamey de la buena suerte, que tiene un don, un misterio, un no sé qué, algo casi místico que inyecta gallardía al equipo y eso lo convierte en invencible.

El béisbol refresca nuestra árida cotidianidad. Y hay rivalidades que apasionan sanamente.

Y aquí entre nosotros, soñé que por publicar este artículo las Águilas serán campeonas este año y que si un liceísta responde, quedarán en el sótano.

Fuente: El Caribe

 

 

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