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¿De dónde vienen las obsesiones del amor?

Por Tony Raful

La cantidad impresionante de hombres que cometen feminicidios y luego se suicidan, no puede explicarse sin tomar en cuenta la distorsión del amor, la caricatura del amor, que como parte de la cultura social dominicana se difunde a los cuatro vientos por los medios, como parte del cancionero popular, como elemento constitutivo de un sentido de propiedad del otro que es una aberración, una pérdida absoluta del respeto, la consideración y la admiración que suscita el amor de una pareja. En gran medida el desarrollo social y económico de la humanidad en sus distintas etapas y en el proceso evolutivo de la especie humana, ha estado suscrito por un concepto egoísta, machista, agresivo.

El poder jerárquico social de los seres humanos se vierte con ensañamiento contra los más débiles. En esa contradicción de espacios, la mujer ocupa el lugar subalterno y el hombre la principalía de mando. Ejercer poder es un desafío flagrante para medir la condición humana. Mejor decir para visualizar las posibilidades de superar los estados primarios de su brutalidad y mal ejercicio de la autoridad. Es cierto que el hombre al verse cuestionado por la integración de la mujer al trabajo productivo, por la independencia cada vez mayor de sus iniciativas y por la lucha de la igualdad de géneros, reacciona con violencia destructiva, lo arruina todo, lo deshace todo, asumiendo niveles de locura que delatan su impotencia virtual para la convivencia y el sentido democrático que debe primar en la conducción de una pareja. Y es cierto también que todo ser humano, hembra o varón, colocado en situación de poder, ejerciendo a todos los niveles la fuerza que emana de una superioridad aparente, oprime a los demás. No es el caso generalizado de las mujeres, oprimidas por milenios, bajo los signos de su sometimiento, victimas de la opresión, pero hay casos que demuestran que actuarían igual que sus verdugos si las condiciones culturales de transformación de sus conciencias no produjeran un salto cualitativo en el enfoque de las relaciones amorosas.

¿Está el mal en el ser humano? Hay estudios antropológicos y sociológicos que indican que los seres humanos giran en su quehacer alrededor del poder. Es el disfrute del poder lo que le da significación a sus existencias. Hablamos de poder, de todo poder en esferas diferentes, porque el poder es una fuerza compulsiva, una referencia de dominio que establece la categoría de propiedad.

La mujer y el hombre requieren de cambios esenciales que definan otros roles de vida en la sociedad. En la medida que las mujeres se destacan o aspiran a crear relaciones de igualdad de derechos, los hombres intensifican su acoso y desatan los demonios de la agresión física contra ellas. Pero no es el criterio del amor, el que conocemos como relación intensa de subordinación, el que recrea en la literatura, la música, la publicidad, la idea del amor como distorsión de un fenómeno que tiene que expresarse en libertad para ser auténtico. Muchos hombres no aceptan que la mujer deje de amarlos, y ese fenómeno traduce la soledad y vacío de sus miserables vidas, y muchas mujeres alienada por siglos de humillación creen que los hombres tienen que permanecer a su lado como un vía de protección y sostenimiento.

Lo que hay que discutir es qué entendemos por amor. Si una bachata da la definición o una canción de amargue precisa el limite de su descomposición emocional, entenderemos en la mayoría de sus letras, por dónde vamos, hacia dónde vamos y qué barbaridad de sentimiento, qué bajo modo de querer que apasiona y forja las redes y nudos donde se vulnera la versión más alta del amor, que puede ser popular pero no es vulgar. Hace unos días escuche una canción cantada por una reconocida artista, donde pedía que el hombre la agrediera, que le demostrara el amor produciendo heridas en la consumación de la pasión, que la hiciera sentir amada en sus garras. Como la mente humana está fragmentada nadie garantiza que los proceso químicos y sicológicos del cuerpo humano funcionen ordenada y lucidamente; pienso que también necesitamos una revolución en la mente, en las relaciones de propiedad, en las funciones esenciales del proyecto humano, hoy visiblemente defectuoso e impugnable.

El amor es otra cosa. El amor es generoso, abierto y no tiene apegos compulsivos, no chantajea, no agrede, no mata. El que mata no ama. Pero el amor que predomina es el que produce los feminicidios, las barbaries. El peligro es que esa idea concluya asumiendo el discurso de la agresión como complacencia, en ese estado larvario que agradece y reclama la muerte como precio por su degradación y miseria.

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