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viernes, julio 23, 2021

Nostalgia sin nombre

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Lincoln López

Lincoln López

Era tan sencillo. Tan frágil. Tan enjuto. Tan humilde. Tan apático de todo y de todos. Tan distanciado de sus colegas. Nunca lo vi integrado con ese grupo, pero lo respetaban. Parecía no envidiarlos. No hacía “relaciones públicas” preguntando a cualquier transeúnte si le interesaba utilizar sus servicios, y, sin embargo, se había ganado una clientela bastante numerosa. No venga los sábados -me dijo en una ocasión- porque ese día lo tengo comprometido con familias que me traen todos los zapatos para recogerlos por la tarde.

Tan estoico pero sereno y tranquilo. Su  cuerpo estaba inclinado hacia el suelo no en señal de sometimiento sino por el peso de los años y de su oficio. Solo hablaba lo imprescindible, forzado un poco por la naturaleza de su trabajo. Su voz era como un susurro…un rumor masculino…definido y preciso.

Una mañana me comentó: solamente quiero venir a trabajar aquí todos los días, porque si me quedo en mi casa…me muero. Recuerdo que un día, un hombre joven detuvo su moderna jeepeta y le lanzó al viejo de 76 años varios improperios y, en seguida, se marchó raudo. No esperó mi comentario y manifestó: ese es uno de mis hijos que me mantiene de un todo para que no trabaje, pero no puedo. Al parecer, trabajar era su única ambición. Y la cumplió. De lunes a lunes. De 8 a 5 en horario corrido. Año tras año…durante muchos años.

No preciso el día ni el año cuando me acerqué a él por primera vez.  – ¿Cuánto le debo? –Lo que tú quieras, mi hijo. Sus zapatos, viejos, negros y siempre los mismos, los mantenía impecablemente lustrados, y  fueron los mismos de siempre. Tenía que ser el ejemplo propio de su oficio: limpiabotas. Nunca lo vi rasurado. Y siempre fumó un cigarrillo sin filtro mientras me limpiaba los zapatos. Al terminar su trabajo le pagaba, y un detalle que nunca faltó: siempre dio las gracias. Y el día que me correspondió ser su primer cliente, con la misma moneda entre sus dedos hacía la señal de la cruz, invocando a Dios para que multiplicase sus ganancias.

En ese tipo de relaciones se generan empatías entre historias o fábulas, confidencias o recelos contados, pero el usuario las asume como verídicas. En una oportunidad le pregunté por su esposa y secamente contestó: No tengo mujer. Ella murió. Y no quiero más mujeres en mi vida. Entonces, ¿vive solo? –No, con mi hijo y su mujer que me quiere muchísimo. –¿Su único hijo? -No, que va; tuve como 20 pero vivos me quedan como 15. –Ah caramba, pero usted no es lo que aparenta ser. Y me argumentó algo desconocido para mí hasta ese momento: yo no sé qué me pasa con las mujeres, como que se  me pegan sin yo buscarlas.

Ayer, 27 de febrero salí a buscarlo al parque Los Chachases, y un colega suyo estaba en su lugar. ¿Y papá? -le grité-. -Se fue el día 2. No dijo más y continuó limpiando zapatos. Rememoro al poeta Constandinos Cavafis…Emprendió su viaje a Itaca, enriquecido de cuanto ganaste en el camino.

Ahora que cuento esta historia es que me doy cuenta que nunca le pregunté su nombre. Tengo una nostalgia sin nombre.

Fuente: La Información.

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