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lunes, octubre 18, 2021

La tremenda historia del hombre del momento, los orígenes de Embiid

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Joel Embiid: El hijo de Krypton, por Andrés Monje

Publicado originalmente el 5 de diciembre de 2016

Pueden valer igual, pero en la vida no todos los segundos significan lo mismo. Hay segundos que tal cual suceden se olvidan, sin dejar huella alguna; segundos que se paladean como si pudiesen extender su duración; y segundos que incluso llegan a trascender el tiempo en el que tienen lugar. De estos últimos hay pocos, muy pocos, pero tienen la particularidad de que cuando llegan jamás se marchan. Se graban a fuego en la memoria. Porque en ocasiones incluso se encargan de dar sentido a toda una vida.

“Era un contraataque. El base hizo un pase pero ese pase no fue bueno, se iba muy arriba… sin embargo él capturó el balón, lo bajó, se giró y resolvió por el lado opuesto al que transcurría la jugada, ante defensores que protegían el aro”. Se hizo el silencio. “Llevaba jugando a baloncesto seis meses. Una persona normal no hace algo así”.

A estas alturas Luc Richard Mbah a Moute -hoy parte relevante del éxito de Los Angeles Clippers- ha contado esa misma secuencia muchas veces. Y las que quedan. Sucedió en julio de 2011, en Yaoundé (Camerún), durante la segunda edición del campus de baloncesto que lleva su nombre.

Ese campus nació como una iniciativa comprometida con sus orígenes y su comunidad, una en la que los sueños, para cumplirse, están obligados a volar mucho más alto. El protagonista de aquella acción, por completo irreflexiva, se llamaba Joel y tenía entonces 17 años. Ni siquiera practicaba baloncesto de forma habitual, había sido invitado al campus debido a su gran estatura.

Lo más extraordinario de aquel joven era su coordinación. Algo hipnótico. Movía 207 centímetros, sin un gramo de grasa y endebles a la vista, sin aparente dificultad. Era extremadamente fluido, ágil, explosivo, casi felino para su tamaño. Combatía su evidente falta de peso con una velocidad de reacción asombrosa, especialmente con los pies, como si lo suyo fuera deslizarse en lugar de correr.

Si bien su despliegue atlético partía de la genética también había sido educado a través de una formación multidisciplinar. Del mismo modo que el procedimiento de entrenamiento balcánico alimenta el trabajo base del cuerpo, sin especialización durante las primeras etapas de desarrollo de los niños e incluso cuando arrancan su pubertad, Joel había practicado diferentes deportes colectivos en su niñez. Había desarrollado, seguramente sin saberlo, virtudes de todos ellos.

Durante su adolescencia el fútbol en Camerún lo contagiaba todo, más aún tras la gloriosa etapa de Samuel Eto’o en el FC Barcelona; el balonmano venía de herencia (su padre, coronel en el ejército, fue profesional) pero el voleibol, el preferido por el núcleo familiar, acabaría siendo protagonista. Era un cóctel notorio. Así, alejado de movimientos asociados a un solo deporte, el chico partía de un control de su cuerpo muy por encima de la media, tanto en tren inferior como superior. Es justamente el propósito de esa tipología formativa, no crear especialistas precoces sino atletas globales. Generar un mayor poder físico de base sobre el cual poder modular después, ya con la fluidez y coordinación por bandera.

Aquellos cuatro días de julio –la duración del campus- Mbah a Moute quedó asombrado con Joel, hasta tal punto que le invitó a otro campus que se celebraría unas semanas más tarde en Johannesburgo (Sudáfrica). Tras él se confirmarían todas las expectativas, ya no habría vuelta atrás. El jugador NBA charló con Thomas Embiid, padre del joven, para abrir de par en par las ventanas de su futuro. Joel tenía que ir a Estados Unidos a jugar a baloncesto. Y tenía que suceder ya. La decisión en principio no cuajó en la familia, algo reticente tanto al monstruoso salto como al propio baloncesto.

Pero finalmente ocurrió.

El camino no sería sencillo. El chico aterrizó en Florida para jugar High School en Montverde Academy, el mismo escenario en el que Mbah a Moute se formó previamente a su salto universitario. Pero Joel lo hizo hablando poco inglés y prácticamente sin saber jugar a baloncesto de forma organizada, más allá de poseer unas condiciones fascinantes y haber devorado sin descanso un DVD con jugadas de Hakeem Olajuwon. “Es como si bailase jugando, a veces yo incluso cuando voy por la calle muevo los hombros… pero lo suyo es otra cosa, no he visto nada igual”, bromeaba ante CSN hace varios años. La conexión rítmica unía ya al aprendiz con la leyenda. Al Joel jugador en realidad se le intuía todo… pero con ese todo justamente por aprender. Era un embrión. “Todo lo que me aconsejaron al llegar a Florida fue ‘trabaja, trabaja, tú sólo trabaja’. Les hice caso y comencé a mejorar”.

Sin ver apenas cancha, el año siguiente, segundo de instituto para él pero último del ciclo, cambió de equipo. Una conversación de Mbah a Moute con el técnico de The Rock School en Gainesville, Justin Harden, cerró aquel traslado. El motivo de la llamada en realidad era simple, él mismo servía como aval. Porque incluso sin tener que cambiar de estado (Florida) Embiid no había atraído foco alguno. A aquel joven espigado aún no le conocía prácticamente nadie.

Sería por poco tiempo.

Norm Roberts, gran conocedor de los talentos de la zona, había iniciado su carrera como asistente de Bill Self en Kansas, parte de la aristocracia de la primera división universitaria. Según reflejaba Wall Street Journal en 2014, Roberts convenció a su técnico para ir a ver a Joel en varias sesiones y así comprobar, de primera mano, qué tipo de potencial guardaba, si podría interesar de cara a su aventura NCAA. Con una visita bastaría. Self no soltó una sola palabra mientras veía a Embiid, únicamente al terminar le confesó a su asistente su primera –y definitiva- impresión.

“Ese chico puede ser número uno del Draft”.

Joel acabó en Kansas. Estaría un solo año y acompañado de uno de los grandes proyectos del panorama universitario, un prototipo de alero total llamado Andrew Wiggins. El canadiense, un diamante ya casi global, absorbía toda la atención mediática. Pero Embiid estaba llegando. De hecho en apenas un pestañeo confirmaría que su irrupción ya estaba allí.

Incluso sufriendo una fractura por estrés en la espalda en el mes de marzo y viéndose limitado a sólo 28 partidos durante su único año universitario, su figura se expandía sin límites gracias a un instinto fuera de lo común. “Desde una perspectiva de talento estaba muy por delante del resto de hombres grandes. Cuando le vimos nunca pensamos que fuese un proyecto”, apuntaba Roberts. Algo que corroboraba Mbah a Moute en aquellas fechas. “Podría jugar ya en la NBA”. El desarrollo de Embiid, físicamente otro debido al monstruoso trabajo de gimnasio y técnicamente proyectando su don para jugar, era meteórico. “Es el mejor jugador del país”, apuntaba Fred Hoiberg (hoy entrenador de los Bulls) tras sufrirle con Iowa State aquel año (2014).

 

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