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Territorio de la libertad dominicana.

Por: Fabio Herrera Miniño / hoy.com.do

El triángulo territorial, con sus vértices definidos por Yamasá y Boyá en el norte y con el otro vértice en la comunidad de Guerra en el sur, comprende la sabana de Guabatico, se podría considerar como el escenario donde los dominicanos confirmaron su valor y su firme voluntad de ser libres. Fue ahí donde supieron combatir con valor, a partir de octubre de 1863, a las tropas españolas que desde 1861 ocupaban el país.
La temeraria e indestructible valentía de Gregorio Luperón tuvo en ese territorio del Este el lugar para reafirmar su arriesgado tesón libertario. Este comenzó a demostrarse desde septiembre de 1863 en las calles de Santiago enfrentando a los españoles y contribuyó al incendio de la población para asediar aún más a las tropas españolas. Estas desesperadas tuvieron que marcharse en una atropellada evacuación hacia Puerto Plata y Monte Cristi, estableciéndose en Santiago un gobierno provisorio de la Restauración.
El triángulo territorial ya mencionado fue el escenario de los combates más feroces entre dominicanos y españoles. Sirvió del derrumbe del liderazgo de Pedro Santana frente a los españoles y en el mes de junio de 1864 moría para ser sepultado al pie de la Torre de Homenaje de la fortaleza Ozama. Santana había decidido atacar al Cibao a través de Yamasá, y con un fuerte ejército se estableció su campamento en Guanuma. Luperón, con sus mal organizadas tropas restauradoras, se acantonaba en Arroyo Bermejo, desde donde mantenía en zozobras a las tropas españolas con ataques de guerrilla muy mortíferos. Santana combatió contra Luperón en las llanuras de Guabatico sin poder derrotarlo, y fue donde los dominicanos aseguraron su libertad. Meses después, en marzo de 1865, la reina española decretaba la salida de sus tropas y para el 5 de julio de 1865 zarpaba el último buque español cargado de tropas y refugiados. Las tropas españolas fueron derrotadas por tropas improvisadas con solo el estímulo de recuperar su libertad.
Esa llanura de Guabatico, bañada por las aguas de los ríos Ozama, el Comate, el Guanuma y el Yabacao, era la única ruta llana para comunicar a Santo Domingo con el Cibao a través de Cevicos y Cotuí a orillas del río Yuna. En el siglo XIX no era posible atravesar la Cordillera Central para el transporte de mercancías, lo cual se realizaba por mar o la llanura oriental. Lo inaccesible y escarpados de las montañas de la Cordillera apenas permitía el cruce en animales.
La Cordillera era un obstáculo natural. Cuando los restauradores decidieron abrir el frente sur en contra de Santana y los españoles, transportaron sus tropas, con Luperón como encargado de ese frente, por la vía de Cevicos para marchar hacia el sur por Don Juan y Yamasá.
Así se envolvía a Boyá sitio histórico por ser el ultimo reducto de los nativos de la isla confinados hasta su extinción por órdenes de reyes españoles en el siglo XVI. Monte Plata fue escenario de los afanes de Luperón para atacar a los españoles y sus aliados dominicanos.
Esos combates eran de una ferocidad terrible, que en algunos momentos parecía que Luperón la llevaba perdida. En una ocasión perdió su montura y hasta ordenó que se disparara un cañón con peligro de su vida para permitir abrir un espacio en el cerco español, lo cual logró aparatosamente.
Los combates en ese triángulo aseguraron la supremacía de los restauradores para marchar más luego hacia Hato Mayor y El Seybo, feudos de Santana. Toda esa estrategia de arropar el Este era para avanzar con más seguridad hacia Santo Domingo, que era el centro del poder español. Estos estaban conscientes de su derrota inminente, pese a los esfuerzos de los refuerzos de tropas frescas que llegaban desde Cuba y Puerto Rico para reforzarlos.
Al llegar a la isla, las tropas españolas se encontraban con un aliado de los dominicanos. Eran las enfermedades tropicales aniquiladoras de esos soldados muy débiles y sin fuerzas para combatir a la firme decisión de los dominicanos de desalojar del territorio a los invasores, que desde 1861 pretendieron convertir al país en su colonia preferida, como lo había sido hasta 1821. A finales de ese año, Núñez de Cáceres proclamó la independencia efímera. Él buscó infructuosamente el respaldo de la Gran Colombia. Pero fue rechazado ya que tenía fuertes amarres y compromisos con los haitianos, que por medio de Petión había apoyado las aventuras independentistas de Francisco de Miranda y Simón Bolívar.

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