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jueves, mayo 13, 2021

Maradona, el dios del fútbol

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Diego Armando Maradona. (José Mercader)

El hombre que pudo tocar el cielo con sus manos, aplaudido más allá de su tierra, de su continente.

Por José Mercader.

En fin, ¿cuántos Diegos Maradona hubo? Se calcula en muchos millones sus admiradores fuera de Argentina, la que le inscribe 40, que disfrutaron de sus milagros en las canchas de Barcelona, Nápoles, Europa toda. Y hacía milagros porque era Dios, eso no se discute porque hasta el Papa Francisco lo admite. El Papa también es Dios porque es argentino.

Quedó muy atrás el máximo título que se le otorgaba a un jugador que llegara a la cima del fútbol: el Rey. Y Pelé fue el Rey. ¿Quién está por encima del Rey en las creencias populares?

Maradona no solo tenía la mano de Dios, fue que el árbitro no vio nada en el mundial del ’86 de México. Diego, por si las dudas, tenía las manos, la cabeza y los pies que gambetearon a todos para meter el segundo gol. Recordémoslo: La cancha era un campo de batalla. Había un solo soldado vestido de azul celeste a rayas armado con un balón. Corría como aprendió en su Fiorito, barrio adentro de charcos y fangos, desbocado como Crazy Horse contra el general Custer, más veloz que Flash a quien borró junto a Supermán, Batman, Aquaman… del imaginario de superhéroes de los niños argentinos y de la América futbolística, aunque no dejó de ser inspiración para países, como el nuestro, con la cultura del beisbol que ha dominado como si fuera una embajada.

A medida que avanzaba Maradona, saltó varias trincheras al tiempo que gritaba “¡Falklands belong to Argentina!”.

Esquivó los disparos de las armas más modernas, gambeteando entre balas de todos los calibres, como lo narraba Víctor Hugo Morales quien sudaba tanto como “el Pelusa” en su carrera hacia el portal. Maradona no paraba, aunque a veces debía retroceder, quizás por aquello de “un paso adelante y dos para atrás”… cuestión de táctica.

Todo el ejército británico ocupaba la mitad del terreno. Detrás de la portería brillaba la corona de la Reina con cara petrificada y ojos punzantes como rayos laser sobre el insolente plebeyo que no perdía el balón por más que sus muñecos dispararan.

El Diego se movía incesantemente con mirada de cirujano buscando el intersticio adecuado por donde entrar sin perder el balón. Desesperado, miró hacia el cielo buscando ayuda. Un paquete de nubes dispersas formaba una frase: Dios eres tú. Fue así como sintió una descarga eléctrica que le iluminó todo el cuerpo como había hecho Mary Shelley en 1823 con Frankenstein. Intentó pasar entre un batallón del regimiento de Francis Drake, pero tuvo que retroceder. Pateó la pelota hacia atrás para recuperarla con el pie izquierdo, la pateó de nuevo suavemente hacia arriba y la mantuvo en el aire por media hora con golpes de rodillas, hombros, el pecho y los pies en un baile que tenía un profundo origen centenario que se solía oír en los campos y montañas cuando los indios y negros se escondían huyéndole a “los conquistadores” europeos. A veces parecía que quien estaba en el aire, como un “barrilete” cósmico, era el propio Maradona.

Los gritos de los 114,580 fanáticos del Estadio Azteca querían un gol, gritaban a nombre de Perón, de Pancho Villa, Zapata, de Evita, del Che, y hasta de Carlos Gardel y Pedro Infante. El eco retumbaba en los cuarteles de Videla, en Chile y en los oídos de los hinchas de Pelé.

Poco a poco se fue acercando a la meta que estaba custodiada por Margaret Thatcher y pateó tan fuerte el balón que entró a las redes con to’ y portera.

Ese fue el gol que disfrutaron los pobres de América, los colonizados de siempre, los esclavos eternos. Y paradójicamente, también los ricos, clase media y hasta militares nacionalistas. El Diego era de todos.

Cuando el Diego no pudo jugar más, como se lo indicaban las arenas del segundo piso de su reloj, siguió al lado de esos pobres que le tenían como si fuera el mismo Dios, con sus manos y su empeño.

Víctor Hugo, que lo conoció bien, cuenta las veces que le ofrecieron más oro que el que guardan los bancos ingleses a los venezolanos junto a los cofres del pirata Drake. Diego se quedó de un solo lado a pesar de las amenazas de congelarle todas sus cuentas ganadas con el sudor de sus pies… y su mano. Porque a pesar de los millones de Maradonas, según el cristal del arcoíris, había dos que se fundían en uno. El mago Diego del balón es el mismo que los admiradores de Francisco Franco, Pinochet, Videla, Macri, Bolsonaro, Añez, Ramfis Trujillo, no quieren ver cuando se convierte en el Maradona de América del lado de los que no tiene nada, solo la felicidad de sus casi 400 goles que le hicieron olvidar sus miserias, sus desaparecidos, sus encarcelados, sus desempleados, sus inmigrantes maltratados.

Este contenido fue publicado primero en El Caribe. Clic aquí para ver la información completa.

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