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lunes, junio 21, 2021

Edwin Paniagua: «A propósito de la Resurrección»

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Edwin Paniagua

A todo el que ha practicado un deporte le resultará familiar la idea de que, tras una derrota, el entrenador o un familiar le ha dicho: “Tranquilo, tenemos que aprender a perder: no siempre se puede ganar”. En esta recomendación hay un valor intrínseco: la reflexión sobre los errores y la aceptación de que no siempre todo saldrá bien. No obstante, hay que preguntarse si la actitud más sabia sería aprender de los errores o de los aciertos. Con frecuencia se cita una anécdota de Thomas Alva Edison y se resalta que descubrió miles de formas de cómo no funcionaba una bombilla; sin embargo, él no pasó a la historia por las veces en que no logró su objetivo, sino por la vez en que sí lo hizo. Otro ejemplo es el de un beisbolista: las estadísticas siempre indican que falla más de lo que acierta; no obstante, cuando un pelotero batea trescientos (un buen bateador), se destaca más el hecho de que tuvo éxito en tres ocasiones. Para él, es necesario saber por qué falló en siete turnos y trabajar su debilidad, pero es imprescindible que asegure el terreno ganado: aprender de su éxito para que lo pueda repetir. Una empresa que se enfoque más en por qué no ha podido vender un producto o por qué ha perdido a determinados clientes, en lugar de buscar estrategias para colocar ese producto o para atraer a más clientes, es posible que siga con pérdidas. Ante una crisis económica, unos tienden al ahorro (reducir gastos); otros, a la inversión (incremento de ingresos).

A propósito de la Cuaresma, muchas personas sobredimensionan el sentido del sufrimiento, de la reflexión, del ayuno, del sacrificio y olvidan que toda la Cuaresma se orienta hacia la Resurrección. La penuria apunta a la plenitud; el dolor, al gozo. Un sufrimiento, en sí mismo, no tendría ningún sentido que no fuera lo que ya la psicología ha catalogado como masoquismo; es decir, el encontrar gozo en el sufrimiento como tal. Jesús no vino a morir en una cruz: vino a enseñarnos a vivir y a mostrarnos el camino de la vida eterna. Por un lado, Él acepta ser el Cordero de Dios, pero por otro, asegura que Él es la Resurrección. Nótese que, en Getsemaní, Él le pide a su Padre que le aparte ese cáliz, ese sufrimiento, pero que, si es necesario, lo asumirá. Fíjense que su vocación no es al sufrimiento, de hecho, cada vez que encontró a personas enfermas, las sanó; a personas con problemas espirituales, las liberó; a personas marginadas socialmente, las colocó en el centro; incluso, cuando encontró muerto a un ser querido, lo volvió a la vida porque nunca en su plan estuvo el sufrimiento como la meta o como el objetivo principal. Todo lo contrario: “Vine para que tengan vida y vida en abundancia”. Si morir era su meta, entonces, para qué y por qué resucitó. Si solo se aprende de los errores, entonces, de Jesús no aprenderíamos nada. Y en Jesús hay de sobra para aprender, pero lo que se predica de Él no son sus errores, sino sus aciertos: sus enseñanzas, su amor y su ejemplo de vida.

En ocasiones, cuando uno mira su familia, su empresa, su camino profesional, su equipo o su persona no se da cuenta de que, en la historia de ese caminar, los aciertos han estado fluyendo permanentemente. El ojo ha estado en lo que no salió como se esperaba. San Pedro se hundió cuando concentró su atención en las olas; en lugar de hacerlo en su Maestro. En conclusión, no debemos aprender a perder un partido, a perder dinero, a malgastar tiempo, a vivir desmoronados en el campo psicológico o emocional. La vida es corta y si algo debemos aprender en ella, no es a morir, sino a vivir. “Sean perfectos como su Padre Celestial”, arengaba el Señor.

 

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