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San José de Las Matas
sábado, septiembre 18, 2021

Gracias por tanto, doña Adria

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Edwin Paniagua

Por lo general, cuando nos corresponde despedir a un ser querido, se nos dificulta encontrar las palabras adecuadas, pero en su caso es muy simple: usted fue un libro abierto. De hecho, en su despedida, Príamo señaló que desde que la conoció se dio cuenta de que usted tenía tres dimensiones: bondad, alegría y fe.Con esas palabras, él hizo una resonancia magnética suya. No puedo escribir aquí los ejemplos porque en el periódico no me permiten publicar una biblioteca. Pero me referiré a algunos detalles, solo para hacernos una idea. Iniciaré por lo tercero. Usted se involucró tanto en la Iglesia que, cuando me preguntaban por mis suegros, yo respondía que mi suegro fue militar y que mi suegra era el Arzobispado de Santiago. Su amor por los sacramentos, en especial la Eucaristía, derivó en asistencia diaria a misas (con lluvia, con apagones, a pie...). No cabe duda de que la vida eclesial fue el centro de su alma, hasta el punto en que aun enferma, le llevaba la comunión a los enfermos. Si uno le hacía alguna pregunta sobre Dios o sobre la Iglesia, era mejor rogar que la cena estuviera puesta, porque la conversación iba para largo.

En cuanto a lo de la alegría, la vi preocupada muchas veces,pero sonriente la vi siempre: a pesar de los innumerables pleitos con los que le quitó la faja a Jack Veneno. Esto era tan así, doña Adria (espero que no se moleste) que cuando nos preguntabancómo estaba usted de salud, respondíamos: “Ella está mejor: ya está peleando de nuevo”. Sin embargo, a pesar de los gases lacrimógenos, las granadas y los misiles, siempre había una sonrisa servida en su rostro. Recuerdo que un día fui a buscar a Rafa y usted parecía una tormenta eléctrica. Pensé en volver en otro momento, pero en ese instante usted se volteó y, como si no hubiera pasado nada, me invitó: “Señor Paniagua, ¿se toma una taza de café?” y me hizo una reverencia. Yo acepté, quizá por temor a perder mi vida, si le decía que no. Cuando hablábamos sobre la actualidad, usted explotaba exclamando: “¡Eso depreciao!”, refiriéndose a los políticos corruptos y, luego, cambiaba el tema ofreciendo un conconcito con habichuela, con la carita de yo no fui, para que no se lo rechazaran. Y cuando uno aceptaba, usted sonreía, como un niño que se había salido con la suya. También recuerdo que, casi en su partida, le dije que me prestara a Gladis para que fuera a la casa y se diera un baño. Y le pedí que, por favor, le explicara la importancia de bañarse. Usted sacó fuerzas no sé de dónde y me dijo: “Yo no sé a quién salió esa muchacha”. Ya usted no se podía reír, pero todavía tenía humor. Era muy difícil conversar dos minutos con usted, sin que apareciera una carcajada.

Por último, doña Adria, decir que usted era generosa es un pleonasmo o una redundancia porque su nombre es sinónimo de bondad y de solidaridad. El padre Hilario, su ídolo, dijo que usted, a pesar de no trabajar, le daba el diezmo. Nunca comprendí cómo una persona sin nada podía siempre tener algo para dar. Si uno de los nietos iba hoy y le regalaba quinientos pesos, usted se alegraba como cosa loca, porque se había terminado el gas y mandaba a Amado a buscarlo. Pero, si al otro día el mismo nieto iba a su casa para que usted le diera un abrazo y una bendición porque cumplía años, entonces usted le regalaba seiscientos pesos. Su lema parecía ser: “Coman, coman, que ustedes están muy flacos”. Sin recursos, en su mesa siempre hubo abundancia porque usted no daba de la despensa, sino del corazón. Casi sus tres últimas peticiones fueron que le enviaran lo de la colecta al Arzobispado, que le dieran un dinerito a una enfermera y que le hicieran un regalo a Tolentino porque era un gran doctor y un gran ser humano. Aun con la hemoglobina bajita, su corazón seguía latiendo igual. En uno de los arreglos florales, Clara le escribió: “Gracias por dármelo todo”. Con esas palabras, ella resumió los sentimientos de todo el que la conoció porque usted era un país sin fronteras: en su mente, la familia no se dividía en generaciones. Gracias por tanto, doña Adria, gracias por tanto.                                                                           Edwin Paniagua.

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