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martes, mayo 17, 2022

Feminista en falta: baqueteadas y estafadas en las redes, el dilema del perro y la apariencia

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El furor por el documental sobre El estafador de Tinder y la viralización de un tweet misógino contra las mujeres mayores de 40 años son dos formas de una paradoja en la que el culto al cuerpo y la apariencia se dan de lleno contra un mal de esta época: vivimos sentados frente a la pantalla y nunca sabemos quién está del otro lado.

Por Mercedes Funes.

Me lo dijo hace más de una década el sociólogo y antropólogo francés David Le Breton“En Internet nadie sabe si usted es un perro, las redes sociales son el universo de la máscara”. Increíblemente adelantado a nuestra época, el autor de Adiós al cuerpo (1999) y Caminar la vida (2020), pasó los últimos treinta años estudiando desde su cátedra en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Estrasburgo la paradoja de una sociedad sentada frente a la computadora, que por momentos actúa como si el cuerpo fuera un accesorio prescindible, pero sigue asignándole un lugar central en sus preocupaciones.

La belleza, la delgadez, la juventud y la imagen, en líneas generales, aún funcionan en Occidente –y más allá también– como claves de acceso preferencial a casi todo lo que aspiramos: “Somos juzgados, reconocidos, amados o detestados a partir de nuestra apariencia”, me dijo también Le Breton durante la visita que hizo a la Argentina en 2010 para presentar su ensayo Rostros. Hoy, a la vez, el cuerpo es cada vez menos usado: si algo nos enseñó la pandemia es que cualquiera puede llevar una vida profesional e incluso social más o menos funcional sin moverse de su casa, le alcanza con un aro de luz o un avatar.

Nunca olvidé aquello de que en las redes quien está del otro lado del avatar –y hasta de la foto verificada– siempre puede ser un perro. Realmente no sabemos qué personaje juega a ser la persona con la que interactuamos todos los días en Twitter, Instagram, Facebook o cualquier app de citas; no sabemos en verdad si es quien dice ser. No importa si es un perro o algún animal más dañino o menos fiel (¡ojalá fueran perros algunos cibernautas!): no sabemos cuánto es capaz de deshumanizarse el ser humano cuando media una pantalla.

Lo intuimos cada vez que un comentario al pasar en alguna de esas redes se viraliza y es usado por los perros de turno para aumentar su capital político o social frente a tribunas fanáticas y unipensantes: a quienes atacan sin medida ni piedad a un avatar tampoco les importa la humanidad que hay del otro lado. Trato de recordarlo antes de indignarme frente 200 caracteres de una cuenta de alguien a quien no conozco personalmente: nunca sabemos tampoco con qué cruz carga ese otro al que nos avenimos a demonizar del otro lado para canalizar nuestros propios demonios. Todos somos el perro de los otros. Y a veces también el underdog, como llaman los angloparlantes a esos que tienen tantas posibilidades de perder, que da lo mismo si se los sigue apaleando.

Por supuesto que esta semana volví a acordarme de aquella frase de Le Breton con el furor de El estafador de Tinder, el documental de Felicity Morris (No te metas con los gatos: un asesino en Internet; sí, ya sé, tenían que ser gatos) que, a días de estrenarse, rankea alto entre los contenidos más vistos de Netflix. Simon Leviev –o Shimon Hayut, tal su verdadero nombre– también era el perro de las mujeres a las que estafó en aproximadamente US$10 millones; ellas, sus underdogs.

Pero para que el engaño funcionara, fue necesario que antes ellas se sintieran amas. Apenas vieron de él algunas de sus fotos en veleros, aviones privados, restaurantes y hoteles exclusivos, siempre vestido con ropa cara, y se aferraron a esa apariencia, en un mundo en donde, como bien marca el guión de Morris, las cosas no cambiaron demasiado desde que la radiante Lorelei de Marilyn Monroe en Los caballeros las prefieren rubias (1953) preguntó, entre la ingenuidad y el ronroneo: “¿No sabés que el hecho de que un hombre sea rico es igual a que una chica sea linda?”.

No tengo dudas de que Leviev/Hayut también vio en ellas el costado perruno: las despojó de toda humanidad. Las estafadas fueron para él como esos perros apaleados, fáciles de domesticar a fuerza de caricias, de puro vulnerables. Ni siquiera pudieron oír las advertencias de su entorno más humano: “¿Qué?”, “¿En serio pensás irte de viaje con un tipo que apenas viste un rato?”, “No suena seguro”, “¡Te pueden secuestrar!”. Desde afuera es evidente que ese combo no puede salir bien, pero el perro malo viaja en jet privado y te busca en un Rolls-Royce, así que YOLO, amigas, sólo se vive una vez.

El dilema del perro y las apariencias también tomó otra forma esta semana cuando a un usuario de Twitter con avatar de señor que corre y biografía impersonal (un perro a todas luces) se le ocurrió reaccionar a una foto de Jennifer Aniston con el siguiente posteo: “La mujer que pasa los 40 ya está muy usada. Caminada por varios tipos. Imaginate que estás garch… algo que ya pasó mínimo por 40 manos. Prefiero la mujer de carne joven, sin celulitis ni estrías, y no tan usada. Además te aguantan lo que le pidas”. Lo que se llama un perro pendenciero, ladrando para generar indignación.

¿Por qué logró su cometido? Justo por lo que dice Le Breton: por un lado, hay un odio por el cuerpo y, por el otro, se le rinde un culto desproporcionado. Casi como un avatar que usamos menos, el cuerpo, tan accesorio, también se convirtió en la materia prima con la que podemos construir un personaje. Para el sociólogo, mediante dietas, cirugías y ejercicio –horas de running, según la foto de perfil de nuestro perro pendenciero de la semana–, podemos ser los ingenieros de esa imagen que, pese a las buenas intenciones de los movimientos contra la belleza hegemónica, sigue determinando si alcanzaremos nuestras aspiraciones.

El planteo es claro. Después de cierta edad, los cuerpos no “trabajados” no resultan interesantes. La gente que no trabaja su cuerpo, es señalada por dejarse estar, y tiene mala reputación: es excluida. “Como si fueran personas moralmente cuestionables porque no juegan el juego del marketing”, sostiene.

A eso sólo hace falta sumarle la misoginia, la del perro y la nuestra, esa que inevitablemente tenemos internalizada después de siglos de patriarcado. Sabemos que, para una mujer, la exigencia es más grande: se supone que el cuerpo es todo lo que puede ofrecer y, cuando vence –después de los 40, según el perro que corre–, ya no puede usarse. La respuesta al tuit sobre la carne femenina –¿quién más que un perro vería un churrasco en el cuerpo de Jennifer o en cualquier otro cuerpo ajeno?–, fue tan obvia, que sorprende.

En un hilo que también se volvió viral, cientos de mujeres convencidas de que aún les quedan años de uso, respondieron con fotos de sus cuerpos trabajados. Fotos divinas y compartidas con humor, pero que no dejan de tener la misma lógica del mensaje que originó la respuesta: que el juicio público al cuerpo de las mujeres sólo se gana con la apariencia. Tampoco es sorprendente que los medios hayan considerado un triunfo contra el machismo que el perro en cuestión borrara su tuit. No importó si para eso un centenar de mujeres se sintió en la obligación de presentar evidencias. Cada imagen se parece –aunque ése no sea el objetivo– a una declaración de principios: “Estoy buena, existo, puedo seguir siendo ‘caminada’ por tipos como el runner”.

El deseo de entrenarse o tener un cuerpo hegemónico no merece para mí ningún juicio adicional. Simplemente no podemos castigarnos por querer ser lo que mandan el mercado y todos los consejos de nuestras madres; no podemos castigarnos por querer tener cabida en un mundo de perros y apariencias. Por eso es un dilema: ¿Está mal querer enamorarse de un hombre rico y poderoso? ¿Está mal matarse en el gimnasio y querer mostrarlo? ¿Está mal “soltar la panza” y sumarse a la campaña? ¿Puede ayudar a cambiar algo? No, no, no, y no lo sé. Mostrar que hay otros cuerpos bellos aunque no sean hegemónicos también implica una exposición que entra en la lógica de amor-odio que describe Le Breton. ¿Hay acaso una apariencia que sea mejor otra? ¿Alguna que nos libere del deseo perruno de ser acariciadas con contundentes emojis por una jauría de avatares?

Todavía no encuentro la respuesta. En todo caso, no está demás darle otra vuelta. Todos hacemos lo que podemos en nuestro contexto, y la verdad es que el actual no siempre es muy alentador, pero se vislumbran algunos rayos de luz. Se me ocurre que la mejor es usar nuestra cabeza y ser nuestras propias promotoras para no dejar que nadie nos diga hasta cuándo o con qué cuerpo podemos decir y hacer lo que nos guste. A la manera de Jennifer Aniston, o de Nicole Kidman, o de Sarah Jessica Parker. Lo sé: son todas ricas, blancas, heterosexuales, famosas y perfectas, pero si no se produjeran ellas mismas no tendrían cabida en el mundo de la apariencia por antonomasia, Hollywood.

El éxito de series como And Just Like That, donde las protagonistas tienen más de 50 y los temas giran en torno a cuestiones femeninas antes ignoradas, como la menopausia, el envejecimiento, o qué hacemos con la monogamia cuando la vida es cada vez más larga, significa que hay un público que, no sólo está lejos de descartar a esas protagonistas supuestamente baqueteadas, sino que le interesa la conversación que generan, más allá de lo que opine con sus ladriditos agudos cualquier perro chico de las redes sociales.

Pero, mientras escribo esto, con mi amadísimo Capo echado a mis pies y convencida de su superioridad moral frente a buena parte de los humanos que conozco, vuelvo a la frase de Le Breton, y creo que hay algo que no entendí hasta ahora: hay algo peor que no saber si del otro lado hay perros, y es que en Internet nadie sabe si usted es un ser humano.

Fuente: InfoBae

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