¡Feliz cumpleaños, maestro! 90 años de un genio: Fernando Botero

Su hijo, el escritor Juan Carlos Botero Zea, hizo este texto:

Lo admiro por sus exposiciones. Mi padre ha tenido muestras sin precedentes en el arte moderno, tanto por el número de espectadores (solo a sus exposiciones en la China en el 2015 y el 2016 asistieron 1,5 millones de personas) como por su impacto cultural, empezando con su exposición de esculturas monumentales en los Campos Elíseos de París en 1992. Fernando Botero ha expuesto su obra escultórica en más de 20 grandes ciudades, y dice mucho de su calidad que las piezas se puedan exhibir en esos sitios y soportar la confrontación. Se trata de espacios públicos tan cargados de cultura e historia que cualquier pieza menor resultaría aniquilada por la grandeza del contorno. Ante los rascacielos de Nueva York, por ejemplo, lo que la crítica más destacó de la exposición en 1993, fue que sus figuras tenían la fuerza para imponerse en el espacio, y lo hacían con tanta soberanía que parecía que esos bronces llevaran adornando los jardines centrales de Park Avenue toda la vida.

Bonnard y Matisse, por ejemplo, eligieron el color; Botticelli y Modigliani, la línea; Rubens y Piero, el volumen. Mi padre también, porque el volumen permite exaltar la realidad

Admiro su coraje. Porque se necesitó mucho valor para satirizar a la Iglesia católica en Colombia en los años 50 y 60; para sobrevivir después en Nueva York mientras él rechazaba el arte dominante de la época, que era el expresionismo abstracto; para mofarse de la aristocracia criolla y de los dictadores de América Latina en los años 70 y 80; para denunciar a la guerrilla, a los paramilitares y a los narcotraficantes de Colombia en los años 90, y para fustigar al gobierno de EE. UU. y las torturas de Abu Ghraib en el año 2004. Y, durante todo ese tiempo, defender la belleza, el placer y la sensualidad en el arte como metas insobornables.

Masacre de mejor esquina (1997)

Detalle de ‘Masacre de mejor esquina’ (1997).

Foto:

Fernando Botero

Y eso es de lo que más le admiro: que su arte celebra la vida. Lo cual es loable cuando se recuerdan las durezas que él ha padecido a lo largo del tiempo. En la obra de mi padre no predomina el dolor o la angustia, como en Edvard Munch o Francis Bacon, sino la celebración de aquel milagro fugaz que es la existencia. Y otro aspecto que hoy es casi revolucionario: su obra genera placer estético. Ese fue el objetivo de la mayor parte de los artistas de todos los tiempos, pero en el siglo XX se cambió por el deseo de escandalizar al público y denunciar la realidad por razones políticas. Botero se mantiene fiel a la meta original, y por eso él opina que un cuadro, así busque criticar un aspecto de la sociedad, tiene que ser, ante todo, un gran cuadro. Una obra estética, autónoma y bella.

Admiro que mi padre sea un artista prolífico, que sea uno de los grandes coloristas de nuestro tiempo, y que domine todas las técnicas del arte clásico, como el óleo, la acuarela, el fresco, la escultura, el dibujo con lápiz, tinta, carboncillo, tiza, pastel y sanguina, y lo hace todo con la pericia de un maestro.
Sin embargo, lo que más admiro es su calidad humana.

Fernando Botero

Botero ha donado más de 700 obras de arte a Colombia, EE. UU., Venezuela y México.

Foto:

Ruven Afanador

Fernando Botero es un hombre sencillo, que ama a su país. Mi padre tiene una obsesión con Colombia, y lo demuestra no solo en su obra, pues es su tema cardinal, sino en sus donaciones.

Creo que pocos otros han sido tan generosos como Fernando Botero. Muchos conocen las donaciones que mi padre le brindó a Colombia en el año 2000, tanto al Museo Botero como al Museo de Antioquia. Pero esas obras constituyen menos de la mitad de lo que él ha regalado a lo largo de su vida. Hasta la fecha, Fernando Botero ha donado más de 700 obras de arte a Colombia, EE. UU., Venezuela y México, incluyendo la totalidad de su colección privada de arte. Gracias a eso hoy la gente puede ver, de manera permanente y gratuita, obras de los maestros del impresionismo y del siglo XX. A Colombia llegan grandes muestras de arte, y muchas fueron traídas por mi madre, Gloria Zea, cuando era directora del Museo de Arte Moderno de Bogotá. Pero esas muestras son pasajeras. Ya no. Ahora si alguien desea ver un Monet, un Picasso o un Chagall, los puede apreciar en el museo Botero. Por eso, siempre digo que esa fue la mejor idea que él ha tenido en toda su vida.

Fernando Botero 90 años

El maestro, dedicado en este momento a pintar acuarelas, celebra hoy rodeado de su familia en su casa de Pietrasanta.

Foto:

 Ruven Afanador.

No obstante, admiro a Fernando Botero, más que nada, como padre.
En nuestra infancia, como entonces él vivía en la pobreza, los planes que hacíamos eran gratuitos. Lo que los hacía fantásticos era su imaginación. Vivíamos en Nueva York, y como mis padres ya se habían divorciado, veíamos a mi papá solo los viernes por la tarde. Nos llevaba al parque, donde nos decía que allí vivía Tarzán con una tribu de caníbales que preferían la carne de niño por ser más tierna. Y nos llevaba al cementerio, donde teníamos que caminar aterrados hasta la última tumba. Y al andar por Nueva York, donde las aceras destellan por los minerales mezclados en el cemento, él nos decía que esa ciudad era tan rica que había diamantes en el suelo, y al ver el humo que salía de las rejillas del metro, él nos decía que allí debajo existía el infierno. Los regalos que nos daba los hacía él con sus manos: espadas de madera y armaduras de papel de aluminio. Y cuando logró comprar su primer automóvil, era tan pequeño que casi no cabíamos los cuatro, pero ese auto era mágico. Mi padre extraía el encendedor del tablero, como si fuera un micrófono, y decía: “Vamos a casa”. Y el auto llegaba perfecto, avanzando entre el tráfico y frenando en los semáforos. Creo que fue mi hermana la que un día se pilló el truco, y era que mi padre manejaba el volante con las rodillas. Estar con él era inolvidable, y siempre nos ocultó las durezas de la época: la falta de dinero y de reconocimiento. Luego todo eso cambió, claro, pero siempre agradecí y admiré su grandeza, escondiendo las angustias que lo acosaban en ese tiempo.

Los hijos de Fernando Botero

Su hijo Juan Carlos (izquierda), el maestro y sus otros hijos Lina y Fernando Botero Zea.

Foto:

Cortesía de la familia

No ignoro que existen malentendidos en torno a mi padre. Algunos confunden su amor por el volumen con la gordura, y otros creen que él se repite, quizás porque olvidan que en la historia del arte casi todos los artistas han tenido un solo estilo. Picasso y Picabia son excepciones. Y otro malentendido es que Botero es un artista comercial. Mi padre es un artista exitoso, y la diferencia es importante. Algo similar sucede en la literatura. García Márquez era exitoso, pero jamás escribió un best seller. Igual pasa con Botero. De ser comercial, mi padre habría pintado lo más lucrativo, y más cuando no tenía dinero, galerías o aceptación. Él tenía el talento para pintar lo que estaba de moda, pero aquello representaba lo contrario de sus ideales como artista. Por ser fiel a sus principios él pagó un precio muy alto, y durante décadas sufrió el rechazo, las críticas y la pobreza. Pero nunca se rindió y jamás ha pintado lo que está de moda, y menos hoy que reina el arte conceptual.

La familia presidencial, 1967

Obra ‘La familia presidencial’ (1967).

Foto:

Fernando Botero

Ahora él ha triunfado, desde luego. Ha logrado el éxito y el reconocimiento, al punto de que en cualquier lugar del mundo, cuando alguien ve una obra de mi padre, la reconoce al instante como un Botero. Quizá a la persona no le gusta, o cree que es un elogio a la gordura, pero la reconoce como un Botero. Mi padre ha trabajado solo toda su vida, sin formar parte de un grupo o una escuela, y la perseverancia en sus ideales es ejemplar. De modo que su importancia consiste en la creación de un estilo original y fácil de reconocer. Y su popularidad consiste en que su obra irradia belleza y sensualidad, y celebra la vida.

Así que si alguien me pregunta qué es lo que más admiro de mi padre, tendría que decir todo esto. Pero aun así quedaría mucho por fuera. Porque hay más, sin duda. Mucho, muchísimo más.

JUAN CARLOS BOTERO ZEA
@JuanCarBotero

Fuente: Eltiempo.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *