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martes, mayo 17, 2022

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El cristianismo es una rama de judaísmo; eso es obvio: Jesús era un judío devoto. Pero al separarse la sinagoga y formar un cuerpo diverso al judío, comenzó a experimentar ciertos cambios en su posturas. Una de ellas fue la representación iconográfica de la divinidad.

En el judaísmo está taxativamente prohibido representar imagen alguna, como se lee en el texto del Éxodo 20.4: “No te harás estatua ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, abajo, en la tierra, y en las aguas debajo de la tierra. No te postres ante esos dioses, ni les sirvas, porque yo, Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso. Yo pido cuentas a hijos, nietos y biznietos por la maldad de sus padres que no me quisieron.”

El mandato es claro. Pero 5 capítulos más tarde, en el mismo libro del Éxodo leemos: “Así mismo, harás dos querubines de oro macizo, y los pondrás en las extremidades de la cubierta. Pondrás un querubín a una extremidad, y el otro en la otra; formarán un solo cuerpo con la cubierta, a sus dos lados.

Los querubines extenderán sus alas hacia arriba y sus alas cubrirán el Lugar del Perdón. Estarán de frente el uno al otro y sus caras mirarán hacia el Lugar del Perdón. Lo pondrás sobre el Arca, y pondrás dentro de ella el Testimonio que yo te daré.”

Y así, en infinitos lugares de la Biblia, se hacen imágenes, como cuando Dios manda a Moisés a hacer una serpiente de bronce.

La diferencia con el paganismo es que para las religiones de oriente de aquellos tiempos, la divinidad era la estatua. El dios era la escultura, el dios moraba dentro de la escultura, por eso los egipcios debían lavar todos los días las esculturas de sus dioses y ofrendarles comida, porque esa escultura de arcilla o piedra era el mismo dios.

Es en el imperio romano donde se comienza a representar a Jesús, y la más antigua representación de Cristo, no es ciertamente, algo piadoso u objeto de devoción sino una burla. Es el famoso “grafito de Alexámenos”, ubicado en un muro en el monte Palatino, en Roma. Es considerado como la primera representación pictórica conocida de la crucifixión de Jesús. Actualmente se conserva en el Museo Antiquarium Forense e Antiquarium Palatino de Roma. La imagen tallada en una pared en Roma data entre los siglos I y III.

Representa a un hombre frente a una persona con cabeza de un burro que está siendo crucificado, con la inscripción: “Alexámenos adora a Dios”. Se cree que con este grafito se burlaron de la fe de un cristiano de nombre Alexámenos.

La segunda más antigua es la del “Buen Pastor”. Esta representación era propia del dios Apolo, y se utilizaba en la cultura greco-latina desde el 570 ac.

Los cristianos primitivos observaron que esa representación iba muy apropiada para ilustrar las palabras de Jesús: “Yo soy el buen Pastor.

El buen Pastor da su vida por las ovejas”. Esta representación se encuentra pintada sobre los muros de las catacumbas de san Calixto en Roma y muestra a Jesús cargando con un ternero en su hombro. Lo interesante es que Jesús es un hombre joven y sin barba y fue realizada alrededor del S. III.

Y la tercera más antigua es la imagen de los reyes magos adorando al niño en las Catacumbas de Priscila.

Con el transcurrir de los siglos, en los templos de Occidente comenzaron a utilizarse imágenes de tres dimensiones para representar a Jesús, su madre y los apóstoles. Mientras que, en Oriente, lo que se denomina “íconos”, que en griego significa “imagen” de dos dimensiones. Pero no tardó en abrirse un conflicto -sobre todo en Oriente- en referencia a los íconos. Comenzó en el S. VIII en el imperio romano de oriente y se denominó “Iconoclasta”, que proviene del griego bizantino eikonoklástēs (εἰκονοκλάστης), y significa “rompedor de imágenes”. Hubo dos periodos iconoclastas: primer período entre 730-787 y segundo período entre 814-842.

Entre 726 y 730 el emperador bizantino León III el Isáurico ordenó que se quitara una imagen de Jesús colocada de manera destacada sobre la puerta de Calcis, la entrada ceremonial al Gran Palacio de Constantinopla, para que fuera reemplazada con una cruz. Aparentemente, prohibió la veneración de imágenes religiosas en un edicto de 730, que no se aplicaba a otras formas de arte como la imagen del emperador o símbolos religiosos como la cruz.

En Occidente, el papa Gregorio III celebró dos sínodos en Roma y condenó las acciones de León: “No vio necesidad de consultar a la iglesia, y parece que se sorprendió por la intensa oposición popular que encontró”.

En respuesta, León tomó algunas tierras del Papa. No hubo inicialmente concilio eclesiástico, y ningún patriarca u obispo destacado pidió que se quitaran o destruyeran los iconos. Fue una decisión del emperador. León murió en 741, pero su prohibición de íconos fue establecida como dogma por su hijo, Constantino V (741-775), quien convocó el Concilio de Hieria en 754. Ningún patriarca o representante de los cinco patriarcados (Roma, Alejandría, Antioquía, Jerusalén y Constantinopla) estuvieron presentes.

Ese concilio no puso fin al tema y fueron los monjes los que perseveraron en el tema de la veneración de los íconos. Entre ellos, los más importantes fueron Juan Damasceno y Esteban el Joven. El hijo de Constantino, León IV (775-80) fue menos riguroso.

Se sabía que su esposa Irene poseía íconos a los cuales veneraba. Al morir León IV, Irene asumió el poder como regente de su hijo Constantino VI (780-97). Con la ascensión de Irene como regente, el primer periodo iconoclasta llegó a su fin.

León V el Armenio instituyó un segundo periodo de iconoclasia en 815. El renacimiento de la iconoclasia se oficializó ese año en un sínodo celebrado en Santa Sofía, en la actual Estambul. A León V le sucedió Miguel II, quien siguió manteniendo la iconoclastia en el Estado.

A Miguel ll le sucedió su hijo, Teófilo, que murió dejando a su esposa Teodora regente por su heredero menor, Miguel III. Como Irene cincuenta años atrás, Teodora movilizó a los que sostenían la sana veneración de los Iconos y proclamó la restauración de las imágenes en 843. Mientras tanto, en Occidente no hubo problemas con la veneración de las imágenes. La diferencia era que en Europa eran estatuas.

Pasaron los siglos y el advenimiento de la Reforma trajo a Occidente otra tormenta iconoclasta. Si bien Martín Lutero no estaba en contra de las imágenes en los templos, como catequesis o adornos, no ocurrió lo mismo con los reformadores en el norte de Europa y en Suiza.

La destrucción de las estatuas en los templos se denominó “Beeldenstorm” (Tormenta de las imágenes), sobre todo en los Países Bajos en 1566, Ellos fueron quienes se adhirieron más a la reforma calvinista que a la luterana, y dado que el calvinismo era totalmente iconoclasta, se destruyeron cientos de estatuas de iglesias y monasterios. La Beeldenstorm fue una de las múltiples causas del inicio de la Guerra de los Ochenta Años entre los Países Bajos y el rey Felipe II de España.

La iglesia de Roma convocó un Concilio conocido como “la contrarreforma” en Trento, Italia, en 1556. En uno de los documentos conciliares del mismo que trata sobre los iconos leemos: “Adorando ídolos e imágenes como si fueran Dios, o creyendo que ellos poseen alguna divinidad o virtudes que les dé derecho a recibir nuestra adoración, a elevarle nuestras oraciones o a poner nuestra confianza en ellos”.

En el actual catecismo de la Iglesia católica leemos: “Canon 2112: la Escritura constantemente nos recuerda que hay que rechazar los ídolos de plata y oro, la obra de manos de los hombres. Ellos tienen boca pero no hablan, ojos pero no ven. Estos ídolos vacíos hacen vacíos a sus adoradores, aquéllos que los hacen son como ellos, así como todos los que confían en ellos (Sal 115,4-5, 8)”.

Es muy común oír que los católicos o los ortodoxos “adoran ídolos”. Nada más lejano que eso. La adoración es solo a Dios. Los iconos o estatuas son solo un recordatorio que nos debe elevar hacia el pensamiento de Dios, de la Virgen o de sus santos. Nadie podría pensar que una imagen de san Cayetano “es” Cayetano de Thiene; o que la imagen de la Virgen de Luján “es” la mismísima Virgen.

Estos iconos o estatuas si se caen se rompen y no pasa nada. Quizá nos dé pena, porque le profesábamos “devoción”, pero nada más. Es como quien posee una fotografía de su ser querido; al contemplarla o al besarla nadie creerá que ese trozo de papel es su ser amado, sino que al observar su imagen, nos llena de cariño y alegría y nos eleva el pensamiento hacia la persona a la cual le dispensamos nuestro afecto. Si la perdemos o se rompe nos ponemos tristes, porque quizá la persona que estaba en esa fotografía ya ha muerto y no tendremos otra oportunidad de poder observar y recordar su rostro.

En esta época en donde todo es visual (estamos sobresaturados de imágenes que nuestro cerebro ya ni puede procesar) y hay poca lectura, el contemplar un Icono religioso nos debería elevar hacia Dios, dado que es a él a quien le rendimos culto y adoramos.

Quizá dada la proliferación de las imágenes con la que somos bombardeados cotidianamente, es que los templos se construyen casi con las paredes desnudas. Cual templos de una abadía cartuja o del cisterciense. Para que en el silencio y en el espacio vacío, podamos encontrar a Dios y hablar con él.

Fuente: Infobae

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