Lincoln López, por Mercader.

Lincoln López

Un silencio humano de sobremesa reinaba en la atmósfera aquella prima tarde de verano luego de la hora de la comida, cuando ese martes un grito de mujer rompió el reposo del mediodía.

En alguna que otra comunidad rural dominicana persiste la tradición de cerrar todas las puertas frontales de las casas, justamente cuando el sol “se pone sobre las cabezas anunciando el mediodía”. Sea por siesta o descanso para unas, sea por el trabajo lejos del hogar, para otros, o sea por la escuela, para los menos.

Algo malo estaba ocurriendo. El grito es una eficiente señal de alarma; muchos lo perciben e identifican su contenido emocional con precisión. Existen diferentes tipos de gritos…pero ese en particular que inundó el ambiente esa tarde, expresaba muerte. El vecindario lo intuía, aunque no sepa racionalmente el por qué.

Tres vecinas con expresiones de preocupación, atendieron presurosas al llamado de viva voz dado por una persona desde la vivienda de Reina. A su humilde choza con setos de tablas de palma y techada de cana llegaron por un trillo dando la espalda al camino principal abandonado, luego que el trazado de la nueva carretera La Lomota, desechara esa aldehuela compuesta tal vez por una docena de hogares emparentados entre sí.

Lo que quedaba del portón para entrar a la propiedad era un simulacro; de inmediato, a la izquierda el otrora y pequeño potrero lleno de breña, y unos pasos más allá, la puerta principal de la choza, con una cruz de madera en la parte superior y con vista al patio a través de la puerta de fondo. Entre ambas, únicamente dos sillas de cuero de chivo, dispuestas para colocar un ataúd.

Inocencia con cédula de identificación en mano, salió al encuentro de las mujeres, se consolaron mutuamente; Dolores penetró a la casa, Milagros encontró junto a la mata de tamarindo una escoba hecha de un arbusto llamado Juan Prieto e inició un proceso de limpieza. Inocencia le muestra a Socorro la cédula y le señala:

-Mire, que raro comadre.

Después de leerla: -Y de quién es esto?

-Ah, y de quién va a ser, comadre? De la difunta.

-¡Ay, Virgen de las Mercedes!  ¿Isa…quéé?, ¿Isabel? Primera noticia. ¡Madre santa!. Bueno, voy seguida pal pueblo hacer las diligencias del entierro. Tiene que ser esta tarde antes de la seis. Ella nada más nos tiene a nosotros.

-Si se llama Isabel, Isabel se queda. Que reina ni que reina. De aquí, nadie se lleva nada. Además, ella no fue reina de nada ni de nadie.

De repente las nubes oscurecen la tarde, truena y empieza a llover…quizás el cielo sea el único que llore a una noble, pobre y marginada mujer.