La LIDOM debe abrir sus libros y revelar los salarios de sus jugadores
La transparencia permitiría conocer el verdadero valor económico del béisbol invernal, mientras persisten interrogantes sobre Puerto Plata, el Estadio Quisqueya y la historia olvidada del torneo dominicano
En el béisbol dominicano se conocen los promedios, los cuadrangulares, las carreras remolcadas y hasta los detalles más pequeños de cada actuación. Sin embargo, existe una estadística que permanece celosamente guardada: cuánto ganan los jugadores.
La Liga de Béisbol Profesional de la República Dominicana (LIDOM) debería revelar los salarios de sus peloteros, tal como ocurre en las Grandes Ligas y en otros circuitos profesionales. No se trata de alimentar el chisme ni de invadir la vida privada de nadie. Se trata de transparencia, información y contexto.
Vitelio Mejía, presidente de la LIDOM, podría dar un paso importante en esa dirección. Conocer las remuneraciones permitiría medir mejor el valor económico de un jonrón, una victoria desde el montículo o una actuación decisiva durante la postemporada. También ayudaría a dimensionar cuánto invierten las franquicias y qué tan sólido es realmente el negocio.
En las Grandes Ligas, por ejemplo, el contrato de Juan Soto no es un secreto. Sus ingresos forman parte del análisis deportivo y sirven como punto de partida para incontables historias: desde las expectativas que genera una inversión multimillonaria hasta el rendimiento que debe ofrecer el jugador dentro del terreno.
En la pelota dominicana, mientras tanto, casi todo queda reducido a rumores.
Con el mercado de agentes libres en movimiento, se habla de jugadores que reciben salarios millonarios, incluso superiores al sueldo del gobernador del Banco Central. Si esas versiones son ciertas, representarían una demostración contundente de la fortaleza económica del principal pasatiempo de los dominicanos. Pero sin cifras oficiales, el debate permanece atrapado entre comentarios de pasillos, filtraciones interesadas y cálculos imposibles de confirmar.
Y es que el béisbol no llegó ayer a ocupar un lugar privilegiado en la sociedad dominicana. Desde el nacimiento de la República en 1844 hasta comienzos del siglo XX, buena parte de las pasiones populares giraba alrededor de la religión católica, las lidias de gallos y los movimientos armados. Después prendió la chispa de la pelota, y el país ya nunca volvió a ser el mismo.
Para 1912, en Santo Domingo funcionaba una Liga Nacional de Béisbol inspirada en los circuitos profesionales de Estados Unidos y Cuba. Publicaciones de la época documentaron el entusiasmo creciente por aquel juego de origen estadounidense que rápidamente pasó a formar parte de la identidad dominicana.
El 16 de agosto de ese mismo año fue inaugurado un Campeonato Nacional organizado por la Liga Nacional de Baseball, presidida por Ignacio Guerra. Participaron Licey, Nuevo Club y Ozama, con un premio de 200 pesos oro para el campeón. Es una prueba concreta de que existía una estructura competitiva mucho antes de la etapa que tradicionalmente se presenta como el comienzo de la pelota profesional dominicana.
Sin embargo, en 1951 se impuso una narrativa que dejó bajo tierra una parte valiosa de esa historia para acomodarla a los intereses políticos de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. Décadas después, esa deuda continúa pendiente. La historia no puede borrarse de un plumazo: corresponde rescatar a aquellos equipos, dirigentes y peloteros pioneros y devolverles el lugar que merecen.
La LIDOM tiene, por tanto, dos grandes compromisos con el público: transparentar el presente y reconocer todo su pasado.
Y para no perder el swing, quedan dos preguntas sobre la mesa: ¿seguirá la posible franquicia de Puerto Plata eternamente en lista de espera? ¿Cuándo comenzará, finalmente, la anunciada remodelación del Estadio Quisqueya Juan Marichal?
El béisbol dominicano mueve multitudes, emociones y, evidentemente, mucho dinero. Ya es hora de que también mueva las cortinas.

