El eco de su nombre no se apaga. Minerva Mirabal 100 años no es solo una cifra redonda ni un acto protocolar; es, más bien, una pausa necesaria para mirar hacia atrás… y también hacia dentro. Porque la verdad es que, cuando se habla de Minerva, no se habla solo de historia: se habla de presente, de conciencia, de país.
El pasado 12 de marzo, entre recuerdos, discursos y silencios cargados de significado, se conmemoró el centenario del natalicio de Minerva Mirabal Reyes. Para muchos, la “Mariposa de todos los tiempos”. Para otros, como bien se expresó en uno de los momentos más sentidos de la jornada, una figura que trasciende el tiempo: “no la enterraron, la sembraron”, en palabras de la académica mexicana Marcela Lagarde.
Y es que Minerva parece tener esa cualidad extraña —casi poética— de seguir revelándose con los años. Aparece en una fotografía antigua, en una frase rescatada, en la historia que alguien cuenta en voz baja… como si su vida aún estuviera escribiéndose.
Un decreto, pero también una deuda
En el plano institucional, el gobierno dominicano, encabezado por el presidente Luis Abinader, emitió el Decreto 117-26, creando una comisión especial para organizar las actividades conmemorativas de este centenario. Una iniciativa que, además de coordinar eventos, busca algo más profundo: reconocer a Minerva como símbolo vivo de la lucha por la libertad, la justicia y los derechos humanos.
Porque sí, Minerva fue abogada, fue activista, fue voz firme en tiempos de miedo. Pero también fue mujer en un país que aún arrastra deudas en términos de igualdad. Y es ahí donde su figura cobra un peso distinto. Más cercano. Más incómodo, incluso.
La comisión reúne a instituciones públicas y privadas —desde la Fundación Hermanas Mirabal hasta ministerios clave como Cultura, Educación y la Mujer— junto a entidades académicas como la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Todos, en teoría, empujando en una misma dirección: que su legado no quede atrapado en los libros.
Salcedo: donde empieza el recorrido
El punto de partida de esta conmemoración fue la Casa Museo Hermanas Mirabal, en Salcedo. Allí, donde cada objeto parece tener memoria, se abrieron las puertas para iniciar un año completo de actividades que recorrerán el país.
Pero más allá de la agenda, hay algo que se siente en el ambiente. Una especie de llamado silencioso. Porque al reencontrarnos con Minerva, inevitablemente nos preguntamos: ¿qué hemos hecho con la libertad que ella ayudó a conquistar?
Y es que su historia —junto a la de sus hermanas Patria y María Teresa— no es solo un capítulo heroico. Es también un espejo. Uno que nos obliga a ver lo que falta, lo que duele, lo que aún no se ha logrado.
Más que recordar, asumir
Las conmemoraciones suelen correr el riesgo de quedarse en lo simbólico. Pero este centenario parece invitar a algo distinto. A involucrarse. A caminar.
Porque hablar de Minerva Mirabal 100 años también implica asumir su legado. Entender que la democracia no se hereda intacta, que la igualdad no se decreta, que la dignidad —como ella demostró— se construye, incluso en medio del miedo.
La invitación está sobre la mesa. No como un acto formal, sino como una decisión personal y colectiva. Recorrer este 2026 con la mirada puesta en lo que Minerva representó… y en lo que aún estamos llamados a construir.
Porque, al final, hay historias que no terminan. Solo cambian de manos.














