Lincoln López
De hecho, cada persona madura tiene una perspectiva distinta de la vida personal, del contexto social y hasta del mundo que le ha tocado vivir… pero si esa persona de manera consciente, decide no dejarse abatir por los males del mundo impidiendo su desarrollo integral, entonces la decisión correcta es, dar el primer paso para vencerlos.
Luchar por una mejor vida es una responsabilidad del ser humano. Cada cual desde el rol que le corresponda en la sociedad. La misma implica cultivar la mente y el cuerpo, la disciplina y armonía personal y social, enfrentar los retos y desafíos para transformarlos en acciones dignas para él y para la humanidad.
Males por vencer: pobreza y desigualdad, consumismo y opresión, ignorancia y genocidios. Degradación de la cultura y los valores. Las guerras. Deterioro de la salud humana y medioambiental… Los mismos podrían jerarquizarse a la inversa, o sea, del 10 al 1, como lo entenderá el lector más adelante.
Ahora no escribo sobre la Filosofía del Pesimismo o “Desencanto” o de un Sistema Político Alternativo. Escribo motivado por la provocación causada por el contenido reflexivo de un cuento de Gabriel García Márquez (Colombia, 1927-2014), maestro del realismo mágico, titulado “El drama del desencantado”.
Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura 1982, nos lleva a plantearnos a través del mismo, cuál es el rol que debemos desempeñar los seres humanos en este mundo de siempre, de ayer y de hoy, llenos de retos y obstáculos, como algunos de los citados más arriba.
El autor de “El drama del desencantado” (1980) nos presenta un cuento magistral, estructurado un párrafo compuesto por noventa y ocho palabras. Además, limpio, preciso, ordenado y secuenciado lógicamente de principio a fin, con un tema único y solo personaje. Terminando el mismo con un final clásico propio del “Arte de escribir cuentos”: Lo inesperado.
Dice así:
“…el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena ser vivida”. FIN.
Entonces: A luchar, a luchar, a luchar…






