Juan Pablo Duarte no fue solo el Padre de la Patria; fue un ciudadano y pensador político que entendía la política como ética, sacrificio y servicio al bien común. Su proyecto independentista no buscó poder ni riquezas, sino una república basada en soberanía, libertad y dignidad.
Hoy, la política dominicana enfrenta crisis de valores: clientelismo, corrupción y desconfianza ciudadana. Frente a esto, Duarte no es un símbolo lejano, sino una llamada urgente a la coherencia y a la ética.
Invocar su legado significa recuperar la política como un espacio de dignidad, exigir ciudadanos comprometidos y líderes responsables. Duarte sigue vivo en nuestra conciencia: juzga el presente y señala el camino hacia un futuro ético para la República Dominicana.

