Hay momentos en los que una imagen dice más que cualquier informe técnico.
Y lo que hoy circula en redes sobre el Estadio Quisqueya Juan Marichal es, sencillamente, contundente.
Marzo de 2026 muestra un terreno en condiciones óptimas.
Un escenario digno. Preparado. A la altura de eventos internacionales.
Abril de 2026, en cambio, expone otra realidad:
una grama castigada, deteriorada… irreconocible.
El contraste no es solo visual.
Es institucional.
Porque detrás de ese “antes y después” hay una inversión significativa de recursos públicos —más de 30 millones de pesos, 500 mil dólares en trabajos recientes— que hoy no se reflejan en el estado actual del terreno. Y cuando la inversión no se traduce en resultados visibles, lo que se pone en duda no es el dinero… es la gestión.
Pero más allá del caso puntual del Quisqueya, lo que realmente preocupa es el patrón.
Este no es un problema aislado.
Se repite.
Se repite en el uso del Estadio Téo Peña en Sajoma, donde actividades ajenas al deporte terminan afectando la calidad de las instalaciones.
Se repite en escenarios mayores, como el Estadio Olímpico Félix Sánchez, donde cada montaje masivo deja huellas difíciles de revertir.
Y es ahí donde el debate debe elevarse.
No se trata de oponerse a conciertos o eventos culturales.
Se trata de entender que no todos los espacios son intercambiables sin consecuencias.
Un estadio de béisbol no es un salón multiuso sin reglas.
Es una infraestructura especializada que requiere planificación, protocolos estrictos y, sobre todo, una visión clara de prioridad.
Cuando eso no ocurre, el resultado es el que hoy vemos:
instalaciones que se desgastan más rápido de lo que se recuperan, inversiones que pierden impacto y una percepción pública que se deteriora junto con la grama.
Porque al final, la pregunta no es técnica.
Es ética.
El dinero invertido en estos espacios no es abstracto.
Proviene de los contribuyentes. Es dinero del pueblo.
Y el dinero del pueblo… debería doler.
Debería doler cuando no se protege.
Cuando no se supervisa.
Cuando no se respeta.
Las imágenes del “ayer y hoy” del Quisqueya no solo muestran un terreno afectado.
Muestran una señal de alerta.
Y todavía estamos a tiempo de entenderla.










