En San José de las Matas volvió a
La verdad es que no era un gran proyecto de infraestructura ni una inversión millonaria. Apenas el arreglo de un tramo deteriorado que llevaba meses afectando a conductores y residentes de la zona. Sin embargo, bastó ver maquinaria en la calle para que aparecieran los mensajes de agradecimiento y alivio.
Y ahí es donde nace el debate.
Porque una cosa es valorar que finalmente se atienda un problema, y otra muy distinta es convertir el cumplimiento del deber en un acto extraordinario. Los funcionarios no están haciendo favores personales. Para eso fueron elegidos. Para eso administran recursos públicos. Y para eso reciben un salario pagado con el dinero de los ciudadanos.
Pero el abandono prolongado ha provocado algo todavía más preocupante: el conformismo. Poco a poco, muchas comunidades se han acostumbrado tanto al deterioro, la lentitud y las promesas incumplidas, que cualquier respuesta oficial termina pareciendo un regalo.
La escena incluso resulta simbólica. Personas observando cómo tapan un hoyo con la misma emoción con la que antes se esperaba una gran inauguración. Y aunque el alivio es entendible —porque nadie quiere seguir dañando vehículos o transitando entre peligros— también refleja lo bajas que han caído las expectativas colectivas.
Y es que cuando un pueblo empieza a celebrar lo mínimo, también corre el riesgo de dejar de exigir lo importante.
Los ciudadanos no mendigan favores. Exigen derechos.















