Pasada la medianoche aún estaba despierto corrigiendo un texto cuando vi la triste noticia comunicada por su hermana, doña Lidia: había fallecido su querido hermano, el doctor Fausto Rodríguez. Un hombre querido y respetado por su sabiduría, su ética de servicio y su profundo compromiso con los demás.
Comparto con ustedes este texto que escribí sobre mi amigo en los primeros años de este siglo.
Un instante en la eternidad
Aún hay esperanza
Al doctor Fausto Rodríguez
Por los siglos de los siglos se hablará de algunos que, habiendo interpretado los signos, han manifestado un conjunto de claves para descifrar los caminos y hacer partícipes a nuestros hijos de un compromiso mayor. Es en estos seres donde descansa toda la esperanza, pues sus ideas son renovación de la fuerza vigilante, donde la acción complementa el mayor de los secretos de esta navegación.
Desde ahí presta el sabio su mirada para una pesquisa superior, donde huéspedes muy secretos viajan en la embarcación y, si son detectados a tiempo, su daño será menor. Y el médico que era de uno ahora es médico de todos. Ha hecho de su saber un bien común, declarando la salud y el bienestar como resultado de un compromiso público y masivo encaminado a la mejora de todo aquello de lo que depende lo sagrado del abrigo.
En torno a este misterio, el doctor Fausto arrojó tanta luz como quien ha esperado mucho tiempo relacionando los acontecimientos y prediciendo algo de Dios que conoce como la más absoluta certeza; como un arroyo ya muerto que vuelve a recobrar la voz.
Me dijo, mirando a lo lejos, como si pudiera ver a través del tiempo, que en su jardín se había mudado una arañita. Fue y me la enseñó. Debajo de aquel árbol explicó que esta no distinguía entre árboles, que todos eran sus hogares. Al poco tiempo de haberse instalado, la savia ya no subía por una de las ramas, quemando en silencio, poco a poco, los miembros de aquel hijo del bosque.
Abriendo bien los ojos, dijo que aquello era un incendio enorme y silencioso; que no se podía fumigar porque los efectos secundarios de ese método eran muy dañinos para muchas especies. Afirmó que la clave del problema estaba en introducir, mediante condicionamiento, la arañita invasora en la dieta de algunas aves, y que estas se encargarían de hacer el trabajo de limpieza en el menor tiempo posible, sin los efectos colaterales de otros métodos.
Añadió que, si existía una preocupación, era el cuidado de las aves lejos de los tirapiedras, pues si esos agentes llegaran a desaparecer, ¿cómo podríamos sobrevivir a la plaga?
No he dejado de pensar en la claridad con que habló el maestro, resucitador de arroyos, guerrero de Dios despierto.
En la loma se comenta, desde cuando algunos hombres del lugar eran apenas muchachos y ya sabían referenciar las cosas importantes, que este doctor es un hombre cuya pisada se siente. Su saber es un monzón visitando las montañas. Ha soñado el paraíso y cuenta con muchas manos. Además, declaró desde temprano la belleza del compromiso.
Gracias, hermano mayor, por tu luz en el camino.
Hasta mañana temprano, para seguir en lo mismo.
Ricardo Toribio
Sajoma, 25 de mayo de 2007














