Un framboyán en plena floración embellece el camino hacia Inoa, en San José de las Matas, convirtiendo una curva de la Sierra en una postal natural de intenso color.
José Lorenzo Fermín
Hoy hemos desarrollado en su máxima expresión el verbo mirar. Somos impenitentes nómadas digitales. Empero, hemos ignorado y degradado el contemplar. Este es el verbo que nos lleva a la serenidad, a la sensibilidad y a descubrir los detalles de lo simple, pero bello; también nos conduce a lo reflexivo y trascendente. Es el que nos conecta con nuestra esencia, con lo íntimo y propio, pero, al mismo tiempo, despierta nuestra empatía hacia el otro, con sus risas y sus lágrimas. Y, en especial, nos acerca a la naturaleza, a la multiplicidad de seres vivos que la integran y que comparten con nosotros la bendición de la vida en este globo terráqueo, con sus colores y sus olores.
Así, por ejemplo, este desenfoque respecto de la contemplación que hoy padecemos nos impide, muchas veces, apreciar en su verdadera dimensión un árbol de características singulares. Por lo general, solemos pasar de largo ante él mientras transitamos de prisa por estos senderos, olvidándonos de su lenguaje, de su belleza y de su exuberancia.
Nos referimos al flamboyán. Su nombre proviene de la palabra francesa flamboyant, que significa «flameante». Delonix regia es su nombre científico, y su origen se remonta a la lejana isla africana de Madagascar, donde su hábitat natural se encuentra en peligro de extinción. Se atribuye su llegada a nuestro país al siglo XIX. En algunos lugares se le llama «árbol de llama» o «árbol de fuego», por su color encendido y emblemático.
Desde siempre ha engalanado campiñas, ciudades, calles, avenidas, carreteras, parques, jardines y riberas de nuestra tierra. De manera generosa, por lo general durante el verano, nos muestra sus mejores galas. Se reviste de colores: el verde intenso de sus frondosas hojas se mezcla con sus flores de ensueño, unas de color mamey intenso —casi rojo— y otras de un amarillo de sol radiante.
En ocasiones, ambas variedades se entremezclan y su embrujo resulta indescriptible. De sus ramas penden, para completar su peculiar estampa, frutos en forma de vainas, de textura recia y color marrón, que, al ser agitados, producen sonidos que evocan tambores y cadencias. El contraste de su estampa con el azul del cielo o con sus nubes danzarinas es poesía.
Es un árbol frondoso que embriaga: una expresión de pasión, fuego, libertad, sensualidad y belleza. Al perder sus pétalos, nos obsequia una alfombra multicolor que da pena pisar. Para nosotros, es lo que los cerezos representan para los japoneses.
Por esto y con justa razón, el flamboyán está asociado al arte. Ha sido fuente de inspiración para pintores, poetas y fotógrafos. Artistas de la talla de Yoryi Morel, Mario Grullón, Guillo Pérez y Hugo Mata, entre otros, lo han plasmado en innumerables ocasiones en sus lienzos y lo han convertido en un elemento por antonomasia del paisaje de nuestro trópico.
Lo propio han hecho poetas como la poetisa y lingüista Ana Marchena Segura, dominicana de nacimiento y radicada en Puerto Rico, quien escribió sobre él un bellísimo poema titulado El flamboyán. En algunos de sus versos expresa:
Desde lejos te diviso
como flamas ardientes
entre las pasiones verdes…
Susurran al viento
en sánscrito antiguo
las viejas aventuras
del ancestral continente.
Tus secretos de antaño
alquimiados en rojos
ofreces
al mísero que osa
¡posar su vida en ti!
Sublimas totalmente tus instintos.
Pareces inocente,
pero sé… sabemos,
sí, tú y yo,
de tu gloria penitente…
También lo ha hecho la escritora Milagros de Jesús de Féliz en su obra Me gustaría contarte, que inicia con esta preciosísima prosa: «Cuando ya peinaba mis canas decidí escribir este libro, cobijada bajo la sombra protectora de los framboyanes que empezaban a florecer en mi alma».
De igual modo, este señorial árbol ha cautivado a fotógrafos de la talla de Wifredo García, Domingo Batista y Mirvio Pérez, entre otros. Son muchas las imágenes de flamboyanes que han quedado inmortalizadas gracias a sus prodigiosos objetivos.
Estos días del caluroso verano que nos envuelve son propicios para detenernos en medio de nuestra vorágine cotidiana y contemplar la majestuosidad del flamboyán que, de seguro, se encuentra en nuestro camino o entorno. Yo lo hice hace poco en el campus de Santiago de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, donde abundan. Te deleitarás.
A la postre, como reza el dicho popular, aquí parafraseado: «El matrimonio, al igual que la vida —digo yo—, es como el flamboyán: primero las flores y después las vainas».

