Pittsburgh alineó a nueve jugadores negros y latinos el 1 de septiembre de 1971; cinco de aquellos protagonistas también dejaron huellas con las Águilas Cibaeñas
El 1 de septiembre de 1971, los Piratas de Pittsburgh salieron al terreno del Three Rivers Stadium con la intención de vencer a los Filis de Filadelfia. Sin ceremonias, discursos ni anuncios especiales, terminaron protagonizando uno de los capítulos más poderosos en la historia racial de las Grandes Ligas.
Por primera vez, un equipo de MLB presentó una alineación titular integrada completamente por jugadores negros y latinos.
Danny Murtaugh, dirigente de los Piratas, colocó en el terreno al panameño Rennie Stennett en segunda base; Gene Clines en el jardín central; al puertorriqueño Roberto Clemente en el bosque derecho; Willie Stargell en el izquierdo; al panameño Manny Sanguillén en la receptoría; Dave Cash en tercera; Al Oliver en primera; al cubano Jackie Hernández en el campocorto, y Dock Ellis como lanzador.
Era historia pura. Sin embargo, casi nadie lo notó inmediatamente.
Los propios jugadores tardaron varios innings en advertir la trascendencia de aquella formación. Según recordó Al Oliver, fue durante el desarrollo del encuentro cuando surgió un comentario espontáneo entre compañeros: todos los hombres colocados sobre el diamante pertenecían a minorías raciales.
La escena ocurrió 24 años después de que Jackie Robinson rompiera la barrera racial con los Dodgers de Brooklyn en 1947. Y es que, aunque las Grandes Ligas ya contaban con numerosas estrellas negras y latinoamericanas, nunca un club había iniciado un partido con una alineación de esas características.
Murtaugh tampoco buscaba fabricar un acontecimiento social. Algunas figuras habituales se encontraban lesionadas o enfermas, mientras que los Filis enviaron al montículo al zurdo Woodie Fryman. El dirigente reorganizó sus piezas y escogió, sencillamente, la formación que consideraba más conveniente.
Su explicación posterior retrató perfectamente aquella filosofía: al confeccionar una alineación, no distinguía colores.
El partido estuvo a la altura del momento. Filadelfia golpeó temprano a Dock Ellis, pero Pittsburgh respondió con cinco carreras en el cierre del primer episodio. Después de intercambiar batazos y ventajas, los Piratas terminaron imponiéndose 10-7 ante apenas 11,278 espectadores.
Roberto Clemente, Willie Stargell y Manny Sanguillén remolcaron dos carreras cada uno. Sanguillén, además, conectó un jonrón de dos vueltas que colocó definitivamente delante a Pittsburgh. Luke Walker trabajó seis entradas como relevista y obtuvo la victoria.
Curiosamente, la dimensión histórica del encuentro recibió poca atención inmediata. Los periódicos de Pittsburgh estaban paralizados por una huelga y la transmisión radial apenas mencionó la composición racial del conjunto. Algunos reportes nacionales abordaron el acontecimiento posteriormente, pero aquella noche pasó casi silenciosamente.
El legado dominicano también forma parte de esta historia. Rennie Stennett, Gene Clines, Willie Stargell, Manny Sanguillén y Dock Ellis exhibieron posteriormente su talento ante la afición del país vistiendo el uniforme de las Águilas Cibaeñas. Clemente, por su parte, jugó en territorio dominicano durante visitas de los Piratas.
Aquella novena no solamente rompió una barrera. También estaba repleta de talento. Clemente y Stargell terminaron ingresando al Salón de la Fama, mientras varios integrantes de esa formación ayudaron a Pittsburgh a conquistar la Serie Mundial de 1971 frente a los Orioles de Baltimore.
Clemente bateó .414 durante aquel Clásico de Otoño y se convirtió en el primer latinoamericano reconocido como Jugador Más Valioso de una Serie Mundial.
La verdad es que los Piratas no salieron aquella noche buscando cambiar la historia. Simplemente colocaron a sus mejores hombres sobre el terreno. Y quizá por eso el mensaje resultó todavía más contundente: el talento no necesitaba color, solamente una oportunidad.

