Ansel Estévez Jr.
A veces, las reflexiones más profundas sobre la moral pública provienen de quienes mejor conocen el terreno, no necesariamente por haberlo combatido, sino por haberlo transitado.
La historia está llena de discursos brillantes sobre ética, justicia y democracia; lo interesante es que, en muchas ocasiones, quienes los pronuncian no siempre han sido los mejores ejemplos de aquello que defienden.
Tal vez por eso conviene recordar que la crítica pública exige algo más que palabras bien elaboradas: exige coherencia.
Porque cuando el discurso es impecable, pero la práctica no lo acompaña, la reflexión deja de ser una advertencia histórica y pasa a convertirse, involuntariamente, en una especie de autobiografía disfrazada.
No todo el que habla de dignidad la practica, ni todo el que denuncia abusos está libre de haber abusado alguna vez de su posición.
Hay quienes, mientras tuvieron poder, guardaron silencio —o peor aún, se beneficiaron—; y solo cuando ese poder se les escapa, descubren de golpe la importancia de la ética, la justicia y la transparencia. Y es ahí donde el discurso, por bonito que sea, empieza a oler más a resentimiento que a reflexión.















