Hay indignaciones que no se pueden maquillar…
y la del Estadio Quisqueya es una de ellas.
Lo ocurrido con el terreno, tras el concierto de Chayanne, no es un simple descuido.
Es, como bien lo dijo el ministro Kelvin Cruz, “inaceptable”.
Y la verdad es que esa palabra se queda corta.
Porque aquí no estamos hablando solo de grama dañada…
estamos hablando de dinero público, de inversión, de planificación…
y sobre todo, de respeto.
Hace apenas semanas, el Estado dominicano destinó alrededor de 500 mil dólares para acondicionar el estadio a estándares de Grandes Ligas.
Una inversión pensada para proyectar al país, para elevar el nivel… para decir: aquí se hacen las cosas bien.
Pero bastó un evento… mal gestionado…
para devolvernos varios pasos atrás.
¿Quién responde por esto?
La reacción de Cruz marca un punto clave:
debe haber consecuencias.
Y es que durante años, uno de los grandes males de la gestión pública ha sido ese:
todo pasa… y nadie responde.
Cuando el ministro plantea incluso intervenir el patronato del estadio, no es exageración…
es una señal de que el problema va más allá del terreno.
Es estructural.
Es de supervisión.
Es de responsabilidad compartida… que nadie asume.
Porque si un estadio puede ser intervenido, remodelado…
y luego destruido sin control…
entonces el problema no es el evento…
es el sistema.
Un estadio que no puede fallar
El Estadio Quisqueya no es cualquier instalación.
Es símbolo del béisbol dominicano.
Y además, tiene compromisos inmediatos:
- Será sede de los Juegos Centroamericanos y del Caribe
- Recibirá eventos internacionales
- Mantiene una agenda activa con conciertos y torneos
No hay margen para improvisar.
Y aquí entra otro punto que deja al descubierto la realidad:
el propio ministro comparó la situación con el Estadio Olímpico Félix Sánchez,
que ha albergado conciertos de alto impacto… sin comprometer su estructura.
Entonces… la pregunta es inevitable:
¿Por qué uno sí… y el otro no?
No es el evento… es la gestión
El problema no es que se celebren conciertos.
Eso ocurre en todo el mundo.
De hecho, esos eventos pueden ser una fuente clave de ingresos para el mantenimiento de las instalaciones.
El problema es cuando no hay reglas claras.
Cuando no hay supervisión.
Cuando no hay consecuencias.
Cuando lo público se convierte en tierra de nadie.
Conclusión: aquí hay que trazar una línea
Lo del Quisqueya no puede quedarse en titulares ni en promesas.
Tiene que marcar un antes y un después.
Porque si después de una inversión millonaria…
el terreno termina en esas condiciones…
y no pasa nada…
Entonces el mensaje es peligroso:
que el dinero del pueblo no duele.
Y eso…
eso sí que es inaceptable.










